sábado, 1 de noviembre de 2008

Estado, política y educación. Perspectiva crítica

La perspectiva crítica del marxismo
Esta tradición enfatiza el problema del poder del Estado en tanto producto de relaciones sociales de dominación. Esta característica distintiva de la sociedad capitalista hace que el Estado esté directa o indirectamente al servicio de los sectores dominantes y, por ende, en contra de los intereses constitutivos del proletariado.

Marx y el Estado “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Lejos de la neutralidad atribuida al Estado por los teóricos liberales, su razón de existencia se basa en ser instrumento de dominación de una clase sobre otra, a partir del desarrollo histórico de antagonismos irreconciliables.

Estos antagonismos nacen de la instauración de la propiedad privada, que genera la división entre poseedores y desposeídos de los medios de producción. Los primeros tendrán poder sobre los segundos al monopolizar las formas de producción de las condiciones materiales de vida -sociedad civil-, las que son la base para el surgimiento del Estado o sociedad política.

La preocupación por la desigualdad social y la explotación son inherentes al modelo teórico, el que interpreta que el logro del consenso y la apariencia del Estado como mediador neutral es producto de la ideología. La burguesía se presenta a sí misma como representante de lo universal a través de lo político, donde se supone que “todos somos iguales ante la ley”, mientras que reserva la sociedad civil la lucha y la competencia por el acceso a los bienes.

De este modo, monta sobre la desigualdad económica una superestructura jurídico-política que al presentarse como interés general oculta su fuente de poder: la desigualdad originada en la propiedad privada. La escisión entre sociedad civil y Estado es condición de subsistencia de la sociedad capitalista. En el plano educativo, el aporte de Marx y sus continuadores siguió dos caminos: por una parte, una crítica a las políticas educativas del Estado capitalista; por otra parte, la postulación de principios político- educativos propios. Esta segunda apuesta fue la menos desarrollada y se encuentra apenas esbozada en la obra de Marx y dispersa en múltiples escritos Para Marx, la educación debiera aportar a la construcción de un orden social diferente a través de la formación de hombres nuevos.

Frente a la función diferenciadora de la escuela que defienden los liberales, propondrá una formación polivalente que desarrolle la multilateralidad del hombre, que no fije de una vez y para siempre a los sujetos a una determinada profesión y menos aún, que lleve a la pauperización moral e intelectual a los hijos de la clase obrera al explotarlos en las fábricas. Para ello, en el Manifiesto Comunista propone “educación pública y gratuita para todos los niños”,“la abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy”y “un régimen de educación combinado con la producción material”.

Además de esta conjunción, la formación de un hombre completo, desarrollado tanto física como intelectualmente requiere considerar lo siguiente: “Del sistema fabril, que podemos seguir en detalle siguiendo a Robert Owen, brota el germen de la educación del futuro, en la que se combinarán para todos los chicos a partir de cierta edad el trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, no sólo como método para intensificar la producción social sino también como el único método que permite producir hombres plenamente desarrollados” (Marx, El Capital. Citado en Palacios, 1988)

Como se aprecia en estas expresiones, la noción de trabajo adquiere un rol central, en tanto constituye el medio de humanización por excelencia y por lo tanto, no debe prohibirse el trabajo infantil, sino reglamentarse. El problema es cómo ha sido concebido el trabajo en el capitalismo. Al escindir en personas diferentes concepción y ejecución, convierte en ignorantes a los obreros y los aliena al quitarles la posibilidad de controlar el propio proceso productivo.

En este sentido, conduce a la parcialización de los sujetos y a la explotación. El trabajo del que habla Marx es una unidad entre lo manual y lo intelectual y lejos de constituir un mero artilugio pedagógico, es verdaderamente productivo y de alto valor social. De allí que mientras para Durkheim la división del trabajo y la formación para ocupar el lugar social al que estamos destinados conduce a una educación que se diferencia a partir de un determinado momento, para Marx es necesario superar la unilateralidad a la que ello conduciría a través de una formación polivalente como fundamento de una educación socialista.

A pesar de estos indicios, el pensamiento marxista en educación cobra vigor en la década de los ‘70 con las llamadas teorías crítico-reproductivistas. Previo a ello, el análisis del sistema educativo a partir de los principios de Marx prácticamente estuvo ausente de los planteos pedagógicos. Gramsci constituye una excepción a esta regla. En los años ‘20 anticipaba en sus escritos de la cárcel el rol político de la educación al ser una de las instituciones más vastas e importantes para la formación de la conciencia en el capitalismo.

Aunque no se dedica específicamente al sistema educativo, brinda elementos centrales que serán retomados años más tarde. Es evidente que el impacto de las teorías crítico-reproductivistas en la región fue menos significativo que el que obtuvieron las perspectivas anteriormente analizadas. Su incidencia fue particularmente menor como insumo para la elaboración de políticas educativas desde el aparato estatal.

Sin embargo, por su influencia ideológica en amplios sectores de la comunidad académica y en grupos con gran predicamento en la conformación de las opiniones de la comunidad educativa es necesario detenernos brevemente en su análisis.

Como señalamos anteriormente, su principal diferencia respecto a las visiones funcionalistas radicó en la concepción del Estado y en la función que éste adjudica al sistema educativo. Dentro de este marco conceptual, la escuela es analizada como uno de los mecanismos más idóneos para reproducir un sistema social cuya desigualdad se originaría en una división social del trabajo determinada por relaciones de dominación. En este caso, el Estado no representaría al conjunto de la sociedad ni aspiraría al bien común, sino que se presentaría como un instrumento en manos de las clases o grupos dominantes.

Es posible diferenciar las perspectivas crítico-reproductivistas según el distinto énfasis que otorgan al papel de la educación en torno a las diferentes dimensiones a través de las cuales opera el mecanismo de la reproducción. Algunas centran su atención en el rol económico; otras lo hacen en los aspectos ideológico-culturales. El eje central de las primeras perspectivas se orienta hacia el análisis del principio de correspondencia que existiría entre el sistema educativo y el sistema económico de una sociedad.

La función de la escuela sería crear una apariencia “falsamente meritocrática” que legitimaría la reproducción de las relaciones de producción. En este marco, el papel principal de la escuela sería “inculcar a los estudiantes las conductas apropiadas para ocupar roles sociales en la estructura jerárquica de la sociedad y el trabajo capitalista”.

Al mismo tiempo, las desigualdades entre las escuelas de acuerdo al sector social que concurre a ellas contribuiría a generar un ambiente adecuado a la jerarquía para la cual se los forma. Desde la perspectiva de la reproducción ideológica, algunos de los exponentes más importantes han sido Louis Althusser, y P. Bourdieu. Al contrario de lo planteado por Durkheim , estos autores proponen que el Estado no selecciona valores y conocimientos comunes y consensuados por toda la sociedad para distribuirlos homogéneamente a través de sistema educativo. Selecciona sólo una parte del universo cultural y es aquel que está vinculado con las perspectivas de los sectores dominantes. Para Althusser (1974) la educación se convierte en un aparato ideológico del Estado ya que para la reproducción de la fuerza de trabajo no sólo es necesario reproducir su calificación sino también una “ reproducción de las reglas del orden establecido”. Es posible afirmar que los aspectos positivos de estas teorías estuvieron vinculados a la incorporación de un marco crítico para el análisis de una realidad escolar hasta el momento excesivamente idealizada. De hecho, promovieron un conjunto de investigaciones que posibilitaron el estudio de los mecanismos a través de los cuales el sistema educativo, lejos de cumplir con su misión igualadora, contribuiría a perpetuar y legitimar situaciones de privilegio y dominación.

Sin embargo, las perspectivas crítico-reproductivistas encontraron serias dificultades para dar cuenta de otro conjunto de procesos que se desarrollan en el sistema educativo. Su principal limitación se centró en su incapacidad para explicar el crecimiento sostenido y permanente de la demanda educativa por parte de los sectores populares y en comprender las potencialidades democratizadoras que conlleva este proceso.

En este sentido Beatriz Sarlo enfatiza que los sectores populares en nuestro país encontraron en la escuela una institución que les brindó herramientas para afirmar su propia cultura sobre bases mucho más variadas y modernas que las que les permitía su experiencia inmediata y sus saberes tradicionales. Otro de los obstáculos insalvables de las teorías críticoreproductivistas fue el análisis del rol docente. Al circunscribir su actividad a la reproducción de un arbitrario cultural, asoció su papel a la defensa de los intereses de los sectores dirigentes. Al respecto parece evidente que educador y educando no pueden ser vistos únicamente como una proyección de sujetos sociales o políticos (en este caso dominantes y dominados) sin empobrecer notoriamente las perspectivas de análisis del vínculo pedagógico (Puiggrós A., 1995). En muchos casos las denuncias de los mecanismos reproductores del sistema educativo fueron utilizadas por distintos sectores para proponer alternativas desescolarizantes en América Latina.
Texto perteneciente a Daniel Filmus

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