martes, 11 de junio de 2013

Hacia una pedagogía de lo cotidiano

Muchas veces hemos observado que se caracteriza a la Pedagogía como una “Ciencia”, y también con pretensiones de ser “neutra”, ajena de intereses personales o sectoriales ¿Es esto lo que deseamos? ¿Es consecuente con nuestras utopías sobre lo que debe ser la sociedad? ¿Qué tipo de Pedagogía podemos perfilar?


Perfilar a la pedagogía que nos impulsa
Desarrollamos enseguida los perfiles básicos de la pedagogía de lo cotidiano, que llegan hasta su formulación presente que la presentan como materialista y lenta, según argumentos que encontrará más adelante.

Por el contexto donde se presenta, hace especialmente hincapié en la formación profesional de pedagogos y pedagogas, al considerarlo un tema que nos concierne de forma relevante en una universidad con estudios en la especialidad. Indicada la ruta a seguir, comencemos a recorrerla.

El contexto inicial
Inicio afirmando que los argumentos aquí ofrecidos hay que ubicarlos en los significados de una pedagogía, la cual hemos de entender como una norma de la práctica educativa que al adjetivarse como de lo cotidiano, alude tanto a su filosofía de filiación como sus vínculos históricos y su búsqueda fundamental: situarse en el principal nivel de definición de la realidad, en tanto la vida cotidiana es donde se reproduce el vigor social, esto es: donde generamos y regeneramos nuestras condiciones de vida, tanto instrumentales como simbólicas; ambas materiales, según sus tipos de energía.

La finalidad destacada es definitoria para la norma educativa que avanzamos. Intelectualmente podemos asociarla a las conceptuaciones existencialistas, fenomenológicas, y a las filosóficas de la Ágnes Heller marxista, que impugnando las concepciones idealistas y fetichizadas del socialismo realmente existente, contribuyeron a construir una filosofía y una sociología de la vida cotidiana que nos situó conceptual y metódicamente en el nivel más perentorio de definición de la realidad, el lugar donde se concreta la historia: la vida cotidiana.

En este acontecer de todos los días es donde comemos, descansamos, trabajamos, laboramos, amamos, peleamos, somos comprometidos o cínicos; y en fin -y en el contexto de la educación escolar-, donde aprendemos o enseñamos; donde producimos conocimientos o simulamos que lo hacemos; o más grave aún, reproducimos saberes escolares inocuos útiles a nuestros alumnos solo para sacar calificaciones, y perpetuar la ignorancia construida.

La pedagogía de lo cotidiano es por tanto la norma educativa que rige la formación de la persona priorizando sus condiciones de vida diaria, pues en esta dinámica es donde surgen las circunstancias para formarse o deformarse, para educarse o deshumanizarse; y para socializarse en uno cualquiera de nuestros procesos de socialización: el primario (o familiar), el secundario (o escolar) y el terciario (o civil y profesional).

Esta aseveración nos conduce a destacar otro contorno básico de la pedagogía de lo cotidiano: nos referimos constantemente a la definición de educación como formación de la persona alejándonos de entenderla sólo como escolaridad; tal y como lo asume el conocimiento común de nuestras sociedades; en las cuales ser educado es ser escolarizado.

Alejándonos de esta formulación reductiva creemos que la educación antes que nada es formación de la persona, y por ello apropiación, ingreso en el dominio del mundo, del uso de sus instrumentos y símbolos; humanización o socialización que tiene niveles y/o etapas: inicialmente nos formamos (o deformamos) en la familia; con esta socialización primaria ingresamos a la Escuela, institución que nos dará la socialización secundaria, que nos  capacitará o no para la vida adulta, definida como civil y profesional; aun cuando no necesariamente universitaria, en tanto hoy tenemos profesiones sin escolaridad, que estrictamente podemos considerar oficios; que pueden llevar a sus agentes a actividades de servicios o a vivir de los negocios financieros, como sostienen tantos ideólogos neoliberales.

Esta tesis nos lleva a sostener que la pedagogía de lo cotidiano puede ocuparse de cualquier tipo de formación y que amplía el campo laboral del o la pedagoga más allá de la Institución Escolar, donde la ubicó el triunfo generalizado de la educación capitalista; y conlleva a recuperar el esfuerzo pedagógico para aplicarlo en educaciones desescolarizadas, como son la familiar, la producida por los medios masivos de información, y la requerida por diversas instituciones. Organizaciones sociales que en sus actividades requieren re-educar a empleados, pacientes, usuarios comerciales y ciudadanos en el sentido estricto del término: nacionales de un Estado que deben aprender nuevos requerimientos de participación que fueron dejados de lado por la Institución Escolar. A consecuencia de una escolarización fracasada o por la emergencia de nuevas necesidades productivas y/o políticas exigentes de renovadas formas de participación civil.

La pedagogía de lo cotidiano también es una conciencia profesional de la educación asociada a la pedagogía crítica, es decir, a la racionalidad educativa que describe, analiza e impugna las prácticas educativas capitalistas y de la historia de la propiedad privada, y por tanto puede afiliarse, aun cuando va más allá de ellas, a las posiciones conceptuales que he clasificado como “El marxismo académico y sus aportes educativos”, corriente que engloba a los creadores de la Teoría de la Reproducción, la subsiguiente Teoría de la Resistencia y los desarrollos actuales de Peter McLaren y Henry Giroux, a los cuales hay que agregar los del inglés Basil Bernstein, quien permite avanzar, entre otros tópicos, en una teoría del currículum útil para el análisis de los sistemas escolares.

Aquí mismo hemos de agregar a autores como “Noam Chomsky y Heins Dieterich”, quienes “también deben tener su lugar en el análisis de esta parte de la historia marxista de la educación”, que asimismo debe recordar a Don Pablo Freire, con su pedagogía del oprimido y de la esperanza. Estas referencias permiten ubicar a la propuesta pedagógica que nos ocupa en la historia de la educación crítica, aun cuando va más allá de la crítica escolar y se concibe como una crítica radical a la formación humana constituida en la historia de Occidente, especialmente a la conformada en la tradición judeo- cristiana; y puede conllevar investigaciones sobre la formación histórica de la personalidad contemporánea, a donde tiende la pedagogía de lo cotidiano como filosofía.

En resumen: la pedagogía de lo cotidiano es una conceptuación de la norma educativa que recuperando la proporcionalidad propia de sus objetos (de trabajo, de investigación y/o de análisis), se ubica en sus determinaciones básicas o fundamentales, para tratarlos con las capacidades requeridas, según sus contextos de uso y de acuerdo a la jerarquización necesitada por la (o las) intenciones del trabajo educativo, realizadas con la virtud que requiramos para lograr una buena influencia educativa, a través de claros procesos de confluencia de nuestros esfuerzos educativos; que deben ser pensados de una manera relacional -analógica- y dinámica -dialéctica-, para ubicar y trabajar tanto con sus determinaciones fundamentales como con sus movimientos.

En este sentido pensamos que es una pedagogía analógica, y que por ello se aleja de los extremos del idealismo empiro-positivista que nos quiso llevar a definir a la pedagogía como una ciencia, a los románticos, que solo la pueden concebir como un arte; y a los judeo- cristianos que han conducido a una formación humana mutilada y misógina. Cuando en verdad, una buena pedagogía tiene que regirse por el trabajo directo sobre sus objetos de atención, y como estos son humanos la gran mayoría de las veces -y/o están vinculados a acciones humanas-, requieren del ejercicio de la proporcionalidad propia, la sutileza, la prudencia y en fin, de la hermenéutica, especialmente la analógica, que nos ayuda a darle sentido, a interpretar los textos con los cuales nos encontramos en nuestra labor educativa, que la gran mayoría de las veces son personas de carne y hueso, con todas sus capacidades latentes y/o patentes, que un buen pedagogo o pedagoga debe recuperar para avanzar en el desarrollo de la simbolización más humana que se pueda; recuperando el sentido histórico de la dialéctica de la diferencia, que nos indica que, según dicen los altermundistas otro mundo es posible, como hace tanto tiempo pensó Karl Marx.



Extraído de
La importancia de la pedagogía desde la conceptuación de la pedagogía de lo cotidiano
Autor
Luis Eduardo Primero Rivas,
Universidad Pedagógica Nacional

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