martes, 3 de junio de 2014

El diálogo en la Educación


¿Qué importancia tiene para Freire el diálogo en las prácticas docentes? ¿Cuál es la concepción bancaria? ¿Qué encuentra el ser humano en el diálogo? ¿Qué sentido tiene esto ante la concepción individualista y autosuficiente del hombre en la modernidad?

Afortunadamente, el diálogo es importante para Freire y también para los pensadores posestructuralistas, aunque lo entienden en sentidos distintos. Para Freire, el diálogo tiene un puesto explícitamente central. Su método pedagógico presupone lo que él define como “comunicación e intercomunicación entre sujetos activos que son inmunes a la burocratización de sus mentes y abiertos a descubrir y saber más” (Freire). En efecto, uno de los problemas más nefastos de la concepción bancaria de la educación, según Freire, es la falta de diálogo: para dicho enfoque, la pedagogía es un callejón de sentido único entre el profesor y los alumnos, cuyas cabezas se pretende llenar con base en las ideas del primero. En contraste, Freire propone una concepción dialógica entre los participantes. Para esta visión, la pedagogía es un intercambio abierto entre los polos siempre variantes del/de la educador/a y el/la educando/a.

Asimismo, la democracia –que fue tan apreciada por Freire– exige el diálogo. ¿Qué es la tiranía sino la imposición de una manera única de pensar, actuar y vivir en una población reducida a la pasividad? ¿Qué es una democracia sino la solidaridad que se halla en medio de un intercambio activo –un diálogo– entre diversos? (Freire).

Además de ser una característica necesaria de la pedagogía y la democracia, el diálogo tiene que ver con la esencia misma del ser humano. Dado que es inconcluso, histórico y limitado, el ser humano siempre busca ser más. No encuentra la respuesta a su búsqueda en sí mismo; por lo tanto, debe entrar en relación con el otro, es decir, el mundo y los demás seres humanos. No debe ceder todo lo suyo al otro (a menos que quiera ser dominado en vez de ser más) y no debe imponerse sobre el otro (porque el ser más no puede ser la consecuencia de hacer menos al otro). La respuesta de su búsqueda, por lo tanto, se descubre en el diálogo que Freire define como el “encuentro de los hombres, mediatizados por el mundo, para pronunciarlo [igual a transformarlo] no agotándose por ende en la mera relación yo-tú” (Freire). Es decir, el diálogo más profundo es una relación práctica y reflexiva entre el ser humano y sus interlocutores en la transformación del mundo. En breve, la “esencia” humana necesita el diálogo.
Los posestructuralistas también estiman el diálogo, pero de manera más implícita. Aunque unos hablan del encuentro entre el yo y el otro, la mayoría presupone la posibilidad de diálogo en su rechazo a cualquier límite fijo e impermeable al pensamiento y a la vida. La transgresión de las fronteras establecidas por los poderosos, que es un tema amado por los posestructuralistas, supone que es necesario y hasta obligatorio entrar en diálogo con el otro. En otras palabras, no existe un centro de la realidad. Sólo hay varios centros locales que, por tener umbrales porosos, necesariamente entran en comunión con otros centros locales.

Dos requisitos preeliminares
Un diálogo entre la pedagogía crítica y el posestructuralismo exigiría dos condiciones metodológicas para ser eficaz y profundo. Una nace de la necesidad misma de la obra de Freire; la otra se deriva de un consenso entre Freire y los posestructuralistas.
La condición primera es que las ideas filosóficas sean asumidas o rechazadas durante el diálogo no solamente por sus características interiores sino también por su capacidad de servir a la práctica liberadora. Como bien se sabe, la epistemología freireana insiste en que el conocimiento se adquiere por medio de la reflexión y la práctica. Dicho de otra manera, no se conoce sólo pensando, reflexionando o teorizando. Se conoce pensando en la práctica, reflexionando sobre la actividad liberadora, teorizando durante la lucha. Por consiguiente, el posestructuralismo no puede exigir que sus ideas sean incorporadas a la obra freireana únicamente por sus características conceptuales, es decir, esas particularidades que son juzgadas buenas dentro de un marco exclusivamente intelectual (por ejemplo, la claridad, la lógica, la coherencia con otras ideas ya asumidas o aun su originalidad). Es preciso que sirvan a la práctica en el sentido de iluminarla –explicar lo que está ocurriendo– o estimularla –motivar a las personas para que actúen– o corregirla –y demostrar los errores que han deshumanizado la realidad.

La segunda condición es más estratégica que epistemológica. Se trata de que el enfoque del diálogo sea primariamente el sujeto. Sujeto quiere decir principalmente nuestra subjetividad humana. Es el ser humano como “un enfoque intenso de experiencia rica e inmediata que desafía todo intento de sistematizarlo, reducirlo a una lógica exhaustiva u ordenarlo perfectamente; un enfoque que sale fuera de sí mismo hacia el mundo de manera compleja, inconsistente y cargada” (Mansfield).

Esta condición resulta obvia, porque todos los interlocutores del diálogo se preocupan por el sujeto. La pedagogía de Freire se distingue por tratar a los educadores, a las educadoras, a los educandos y las educandas como sujetos en vez de objetos inertes. Afirma a los sujetos precisamente como sujetos. De hecho, Freire abre su magnum opus, La pedagogía del oprimido, discutiendo cómo los seres humanos se proponen como problemas a sí mismos.

El problema de su humanización, a pesar de haber sido siempre, desde un punto de vista axiológico, su problema central, asume hoy el carácter de preocupación ineludible. Constatar esta preocupación implica reconocer la deshumanización no sólo como viabilidad ontológica sino como realidad histórica (Freire).

Asimismo, los posestructuralistas se focalizaron en el sujeto. Desafortunadamente, tienen la fama de negar al sujeto en vez de afirmarlo, pero se trata de una simplificación nacida de malentendidos. Foucault, Kristeva y Derrida problematizan el sujeto, cada uno a su manera. Es decir, muestran los problemas implícitos en el concepto moderno del sujeto. Por ejemplo, Foucault es famoso por proclamar, en la conclusión de Las palabras y las cosas, que el hombre está destinado a desaparecer como la imagen de una cara dibujada sobre la arena de una playa, que por lo tanto será borrada por las olas del mar. No quería decir que no habrá seres humanos en el futuro –¡qué tontería!– sino que el concepto del sujeto individualístico y autosuficiente creado por la modernidad es ilusorio.

Freire problematiza el sujeto concreto: se preocupó mucho, por ejemplo, por el sujeto del opresor hospedado dentro del oprimido. Por tanto, los posestructuralistas y Freire comparten mucho respecto al tema del sujeto que, por ello, se presenta como el enfoque del diálogo entre los dos.


Extraído de:
Nuevo horizonte de diálogo para el pensamiento Freireano
Gregory A. Banazak
Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Realizó estudios complementarios en la Universidad de Guadalajara (México), la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (El Salvador) y la Universidad de París-Sorbona (Francia). Profesor en la Facultad de Ciencias Religiosas, Universidad de Detroit.
En
Paulo Freire, Contribuciones para la pedagogía
Moacir Gadotti, Margarita Victoria Gomez, Jason Mafra, Anderson Fernandes de Alencar [compiladores]

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