jueves, 7 de mayo de 2015

Educar en la ciudad que educa

En este artículo, el autor se pregunta ¿Para qué sirve aprender? ¿Qué es una ciudad? ¿Cómo cambiar al mundo que nos rodea? ¿Qué es educar en una sociedad? ¿Para qué pensar críticamente? ¿Cuál es el rol de la educación en la ciudad? ¿Cuál es el papel del maestro en ese contexto? Sus respuestas seguramente aportarán a la comprensión de nuestra cotidianidad.


¿Para qué sirve el conocimiento? En primera instancia el conocimiento sirve para autoconocernos, tanto a nosotros mismos como a todas nuestras circunstancias; sirve para conocer el mundo, también para que adquiramos las habilidades y las competencias del mundo laboral, para participar en la toma de decisiones de la vida en general, en lo social, en lo político, en lo económico. Sirve para entender el pasado y proyectar el futuro. Sirve para comunicarnos, para comunicar lo que sabemos, para conocer mejor lo que ya sabemos y para seguir aprendiendo. Pero el conocimiento también sirve para cambiar el mundo.

El centro de la obra de Paulo Freire es el proceso de humanización. Su principal preocupación era “cambiar el mundo a través de la educación, de la educación política”. Sólo una educación política puede ser emancipadora. Por defender esa tesis, la derecha lo expulsó del país y la izquierda lo tildó de “ingenuo” y dijo que primero había que conquistar el poder del estado, dominar el poder económico, y que sólo después se podría hacer la reforma educativa. La educación no podría cambiar a la sociedad que la mantiene. La educación sería, en esencia, la reproductora de la sociedad.

Es cierto, mecánicamente la educación no cambia a la sociedad, pero sí a los seres humanos, quienes a su vez pueden cambiar sus vidas y sus estructuras políticas, sociales y económicas. Los seres humanos no son determinados. Fue con esta convicción, “cambiar es difícil, pero es posible y urgente”, que Paulo Freire asumió la Secretaría Municipal de Educación de São Paulo. Sobre esta experiencia Freire escribió un libro titulado La educación en la ciudad. La ciudad no sólo es un espacio físico para la reproducción de las relaciones económicas de producción. Es un lugar de relaciones sociales, un lugar de encuentro y de fiesta. La ciudad es el espacio de la vida social y política, el espacio del conocimiento. Por eso es necesario hablar de un “derecho a la ciudad” (Lefebvre) para todos, que va más allá de la conquista de los servicios urbanos de primera necesidad (agua, electricidad, gas, vivienda y servicios). El derecho a la ciudad tiene más que ver con un derecho a los espacios-tiempos de la ciudad, a su uso como espacios de encuentro. Es el derecho a la calle como lugar de encuentro, el derecho a tener tiempo para disfrutar de la ciudad, para hacer ejercicios. Es el derecho al compañerismo, a encontrarme con los vecinos de mi barrio.

¿Qué es educar en la ciudad?
— Henri Lefebvre (1969) hace una distinción entre el hábitat —como el lugar en que se vive—y el habitar — definido como la acción de participar de una comunidad. Distingue lo cotidiano como la vida subordinada a la norma del día a día, a la vida cotidiana que escapa de esa determinación. Lo cotidiano del trabajador estaría subordinado a los tiempos de producción de la mercancía, una rutina diaria de ir y venir del trabajo. Es lo cotidiano programado que se extiende a todos los habitantes de la ciudad. Lo cotidiano del trabajador no deja tiempo para la vida cotidiana, para socializar, para una vida en comunidad. Lo cotidiano no nos permite pensar críticamente en nuestra realidad. Todo el tiempo está dedicado a la mercancía, al consumo, y no a la creación artística, a lo simbólico, a lo lúdico.
La ciudad crea un descompás entre lo económico y lo social. En la ciudad falta el tiempo para lo humano, para la humanización. Lo económico predomina sobre lo humano.
Predomina el consumo como modo de vida e imperativo histórico y existencial. El ciudadano pasa a ser el consumidor, que sólo se siente incluido si puede participar en la ciudad como consumidor. El consumo es el valor dominante. Esto también sucede con los niños, educados más para el consumo, para relacionarse con objetos, que para relacionarse con personas.

Para Lefebvre es necesario “desprogramar” lo cotidiano, dirigido por la racionalización y por la normatización, rescatando la dimensión lúdica en nuestra vida cotidiana. En este sentido, Lefebvre va más allá que Marx, quien no había considerado la dimensión de la alegría, de la fiesta, en la vida cotidiana del trabajador. A Marx se le había escapado la dimensión “dionisíaca” del ser humano, tan bien retratada por Nietzsche, una dimensión que no está comandada por la racionalización y que tiene un gran potencial revolucionario. La educación tiene un papel importante en esto. La obra de Lefebvre arroja luz sobre el futuro de la ciudad como ciudad educadora, en la cual el ser humano se coloca como sujeto de su deber, apropiándose de la ciudad y no sujetándose a ella, no perteneciendo a ella como objeto, sino siendo “dueño” de ella, propietario, sujeto. El derecho a la ciudad sería el derecho a producir cultura en ella, el derecho al “esparcimiento saludable y creativo”.

Para mí, el pensamiento de Lefebvre coincide con la visión que Paulo Freire tenía sobre el papel de la educación en la ciudad. En 1990, cuando fue invitado a participar en la primera reunión de las Ciudades Educadoras, en Barcelona, inmediatamente aceptó la invitación y escribió un hermoso texto sobre el tema. La ciudad dispone de innumerables posibilidades educadoras. La vivencia en la ciudad constituye un espacio cultural de aprendizaje permanente en sí misma, “espontáneamente”: “hay un modo espontáneo, casi como si las ciudades gesticularan, o como si caminaran o se movieran o como si hablaran de sí mismas; es casi como si las ciudades proclamaran hechos vividos en ellas por mujeres y hombres que pasaron por ellas y que se quedaron; es un modo espontáneo, como decía, que tienen las ciudades para educar” (Freire).

Pero la ciudad puede ser “intencionalmente” educadora. Una ciudad puede ser considerada como una ciudad que educa cuando, además de sus funcione tradicionales —económica, social, política y de prestación de servicios— también ejerce una nueva función cuyo objetivo es la formación para y por la ciudadanía. Para que una ciudad pueda ser considerada educadora tiene que promover y desarrollar el protagonismo de todos y de todas —niños, jóvenes, adultos, ancianos— en busca de un nuevo derecho, el derecho a la ciudad educadora: “mientras es educadora, la Ciudad es también educanda. Mucho de su tarea educativa implica nuestra posición política y, obviamente, la manera como ejerzamos el poder en la Ciudad y el sueño o la utopía con que impregnemos la política, al servicio de lo que y de quienes la hacemos”.

Podemos hablar de ciudad que educa cuando esta última busca instaurar, con todas sus fuerzas, la ciudadanía plena, activa, cuando establece canales permanentes de participación, incentiva la organización de las comunidades para que tomen en sus manos, de forma organizada, el control social de la ciudad. Ésta no es una tarea “espontánea” de las Ciudades. Necesitamos voluntad política y una perspectiva histórica. “La tarea educativa de las Ciudades se realiza también a través del tratamiento de su memoria y en su memoria no sólo guarda, sino que también reproduce, extiende, y se comunica con las generaciones que llegan. Sus museos, sus centros de cultura, de arte, son el alma viva del ímpetu creador, de las señales de la aventura del espíritu”. La ciudad no educa sin la voluntad del ciudadano. “Por eso es importante afirmar que no basta reconocer que la Ciudad es educativa, independientemente de lo que queramos o deseemos. La Ciudad se vuelve educativa por la necesidad de educar, de aprender, de enseñar, de conocer, de crear, de soñar, de imaginar con que todos nosotros, mujeres y hombres, impregnamos sus campos, sus montañas, sus valles, sus ríos; impregnamos sus casas, sus edificios, dejando en todas partes el sello de cierto tiempo, el estilo, el gusto de cierta época. La Ciudad es cultura, creación, no sólo por lo que hacemos en ella y de ella, sino por lo que creamos en ella y con ella; y también es cultura por la propia mirada estética o de espanto, gratuita, que le damos. La Ciudad somos nosotros y nosotros somos la Ciudad”.

— ¿Cuál es el papel del maestro en la ciudad que educa?
— La ciudad violenta e insostenible nos sumerge en un clima de miedo y de falta de esperanza. Nuestra fuerza como educadores y educadoras es limitada. Nuestras escuelas también son producto de la sociedad. A pesar de esto, la esperanza, para el maestro, para la maestra, no es algo vacío, de quien espera que algo suceda. Al contrario, la esperanza para el maestro encuentra sentido en su propia misión, la de transformar personas, la de darle nueva forma a las personas y alimentar, por su parte, la esperanza de éstas para que logren construir una realidad diferente, una ciudad nueva, “más humana, menos fea, menos malvada”, como solía decir Paulo Freire. Una educación sin esperanza no es educación emancipadora.

La educación, en la ciudad que educa, se confunde con el propio proceso de humanización. Respondiendo a la pregunta “¿cómo puede el maestro convertirse en intelectual en la sociedad contemporánea?”, el gran geógrafo brasileño Milton Santos, fallecido en el año 2001, respondió: “cuando consideramos la historia posible, y no sólo la historia existente, pasamos a creer que otro mundo es posible. Y no hay intelectual que trabaje sin la idea de futuro. Para ser digno del hombre, de cualquier hombre, del hombre visto como proyecto, el trabajo intelectual y educativo tiene que estar basado en el futuro. De esta manera los profesores pueden convertirse en intelectuales: viendo hacia el futuro”.

Para esto necesitamos una pedagogía de la ciudad, como la propuesta por Paulo Freire.
En primer lugar tenemos que aprender sobre la ciudad. Paulo Freire decía que el primer libro de lectura es el mundo. Para aprender sobre la ciudad tenemos que leer el mundo. En general, ignoramos la ciudad, tenemos una visión tan estrecha que no la vemos, y algunas veces hasta la escondemos, le damos la espalda para no ver ciertas cosas que suceden en ella. No queremos ver ciertas cosas de la ciudad para no comprometernos con ellas, pues al verlas nos comprometemos. Veamos nuestro comportamiento en los semáforos cuando se nos acerca algún niño o niña de la calle: nuestra defensa es no verlos a los ojos. En la ciudad tratamos de hacer que muchos seres sean invisibles; hasta en nuestras propias casas, cuando tenemos visitas y les estamos mostrando la casa, no les presentamos a la empleada doméstica o a la asistente de limpieza que allí trabaja. Les pasamos por el lado como si fuesen transparentes.

Necesitamos una pedagogía de la ciudad que nos enseñe a ver, a descubrir la ciudad para poder aprender con ella, de ella, para aprender a convivir con ella. La ciudad es el espacio de las diferencias. La diferencia no es una deficiencia. Es una riqueza. Existe una práctica de la ocultación de las diferencias, también resultado del miedo a ser tocados por ellas, sean diferencias sexuales, culturales, etc. En general, nuestra pedagogía se dirige a un alumno promedio, que es una abstracción. Sin embargo, nuestro alumno real, el alumno concreto, es único. Cada uno de ellos es diferente y debe ser tratado dentro de su propia individualidad, dentro de su subjetividad. Una pedagogía de la ciudad también sirve para que la escuela construya el proyecto político-pedagógico de una educación en la ciudad.
En la ciudad que educa, el ciudadano camina sin miedo, observando todos los espacios.

Tenemos que aprender a movernos en la ciudad, a caminar mucho por sus rutas, dejar el carro en casa y caminar, no ver la ciudad sólo en fotos y videos. Para eso es importante una educación ciudadana para el tránsito y para la movilidad. Necesitamos mapas, guías. Necesitamos saber dónde está la gente. Como sujetos de la ciudad, necesitamos sentirnos como ciudadanos. La ciudad nos pertenece y porque nos pertenece participamos de su permanente construcción y reconstrucción.

Necesitamos conocer el aparato cultural de la ciudad. Cualquier programa que pretenda interconectar los espacios y las instalaciones de la ciudad es fundamental, pues desconocemos nuestra propia ciudad o subutilizamos su potencial. Necesitamos darle poder desde el punto de vista educativo a todo el aparato cultural. La ciudad es el espacio de la cultura y de la educación. Existen muchas energías sociales transformadoras que aún están adormecidas por falta de un enfoque educativo de la ciudad. Ese es el objeto de la pedagogía de la ciudad.



Autor
Moacir Gadotti
La Escuela y el Maestro
Paulo Freire y la pasión de enseñar


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