martes, 16 de junio de 2015

El paradigma del oprimido

En esta publicación el autor hace referencia a conceptos claves de la pedagogía de Paulo Freire, como el de “Utopía”, “Autonomía” y “Libertad”, en un contexto de oposición al avance del neoliberalismo.


Paulo Freire era también un ser humano que transmitía esperanza. No por terquedad, sino por “imperativo histórico y existencial”, como afirma en su libro Pedagogía de la esperanza. Además de la esperanza, cultivó la autonomía. Autonomía es la capacidad de decidir, de tomar el destino en nuestras propias manos. Frente a una economía de mercado que invade todas las esferas de nuestra vida, tenemos que luchar —también por medio de la educación— para crear en la sociedad civil la capacidad de gobernar y de controlar el desarrollo social —capacidad esta alternativa al socialismo autoritario. Freire sentía un verdadero gusto por la democracia. Siempre la trataba con cariño.

Lo que más le preocupaba en los últimos años era el avance de una globalización capitalista neoliberal. ¿Por qué Paulo Freire atacaba tanto al pensamiento y a la práctica neoliberal? Porque el neoliberalismo es completamente opuesto al núcleo central del pensamiento de Paulo Freire, que es la utopía. Mientras el pensamiento freireano es utópico, el pensamiento neoliberal aborrece al sueño. Para Freire, el futuro es posibilidad. Para el neoliberalismo, el futuro es una fatalidad. El neoliberalismo se presenta como única respuesta a la realidad actual, descalificando cualquier otra propuesta. Descalifica principalmente al estado, a los sindicatos y a los partidos políticos. Denuncia a la política haciendo política.

Paulo Freire atacaba la ética del mercado sustentada por el neoliberalismo porque ésta se basa en la lógica del control, y en su lugar, defendía una ética integral del ser humano. La educación no puede orientarse por el paradigma de la empresa capitalista que sólo enfatiza la eficiencia. Este paradigma ignora al ser humano. Para este paradigma, el ser humano funciona únicamente como un mero agente económico, como un “factor humano”. El acto pedagógico es democrático por naturaleza, el acto empresarial se orienta por la “lógica del control”. El neoliberalismo logra naturalizar la desigualdad. Por eso, Paulo Freire llama nuestra atención hacia la necesidad de que observemos el proceso de construcción de la subjetividad democrática, mostrando, por el contrario, que la desigualdad no es natural. Es necesario aguzar nuestra capacidad de sentir extrañeza. Tenemos que tener cuidado con la anestesia de la ideología neoliberal, que es fatalista, que vive de un discurso fatalista. Pero no existe una realidad que sea señora de sí misma. El neoliberalismo se comporta como si la globalización fuese una realidad definitiva y no una categoría histórica.

La concepción de mundo de Paulo Freire y su teoría sociopolítico-educativa nos ayuda no sólo a entender mejor cómo funciona el modelo neoliberal, también nos ayuda a construir la respuesta necesaria al neoliberalismo. Él defiende una nueva modernidad cuya racionalidad debe estar “empapada de afectividad”. Contra el iluminismo pedagógico y cultural que acentúa sólo la adquisición de contenidos curriculares, Freire realza la importancia de la dimensión cultural en los procesos de transformación social. La educación es mucho más que la instrucción. Para ser transformadora —para transformar las condiciones de opresión—, la educación debe enraizarse en la cultura de los pueblos. La posmodernidad valoriza, además del saber científico elaborado, el saber primario, el saber cotidiano. Sostiene que el alumno no diferencia las significaciones instructivas de las significaciones educativas y cotidianas. Al incorporar conocimiento, incorpora otras significaciones, por ejemplo: cómo conocer, cómo se produce el conocimiento y cómo lo utiliza la sociedad... En fin, el saber cotidiano de su grupo social.

El tema de la posmodernidad fue tratado varias veces por Paulo Freire, principalmente en los debates que tuvo con Peter McLaren y Henry Giroux. El posmodernismo se habría iniciado en 1968, con los movimientos populares de resistencia política y de crítica cultural, como sostiene Antonio Negri: “es en 1968 cuando se ubica la ruptura de época entre modernidad y posmodernidad: de hecho, en 1968, la intelectualidad de masa se mostró, por primera vez, hegemónica, es decir, como constelación hegemónica en la / de la multitud”. En el libro Pedagogía de la esperanza, Paulo Freire afirma: “para mí la posmodernidad está en la forma diferente, substantivamente democrática, de lidiar con los conflictos, de trabajar la ideología, de luchar por la superación constante y creciente de las injusticias, y de llegar al socialismo democrático. Existe una posmodernidad de derecha, pero también existe una posmodernidad de izquierda, y no como casi siempre se insinúa, cuando se nos insiste, que la posmodernidad es un tiempo especial en demasía, que suprimió las clases sociales, ideologías, izquierda y derecha, sueños y utopías”.

Otra noción desarrollada por Paulo Freire —y que distinguía de toda connotación neoliberal— fue la noción de calidad. Cuando estuvo en la dirección de la Secretaría Municipal de Educación de São Paulo nos hablaba de una “nueva calidad”, una calidad social y política de la educación. Calidad es empeño ético, alegría de aprender. Para el pensamiento neoliberal, la calidad se confunde con la competitividad. Los neoliberales niegan la necesidad de la solidaridad. Sin embargo, las personas no son competentes por el hecho de ser competitivas, sino porque saben enfrentar sus problemas cotidianos junto con los demás problemas y no de manera individual.

En marzo de 1997, un grupo de jóvenes de Brasilia abrió fuego y mato a un indio pataxó. A Paulo Freire le impresionó mucho este horror y se preguntaba cómo habíamos llegado a tamaña barbarie. Las causas son múltiples: están los medios de comunicación, las escuelas, la sociedad… Todos somos responsables. Pero también está la impunidad que permite, sobre todo a las clases poderosas, hacer casi todo lo que quieran sin ser castigadas. Rara vez son castigadas. Son pocos los ricos que están en la cárcel. Por eso tenemos que decir “no puede” sin tener miedo de ser antidemocráticos. Está lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Ante la injusticia, la impunidad y la barbarie, necesitamos una pedagogía de la indignación. Decir “no” provoca no sólo espanto, sino conocimiento. El “no” desacomoda, incomoda, desinstala. Nos obliga a investigar. Decir “no” es afirmarse como “yo”. Es buscar la ética, es valor, es postura. Paulo Freire nos hablaba con frecuencia de una pedagogía de la rebeldía.

El reconocimiento de Paulo Freire fuera del campo de la pedagogía demuestra que su pensamiento también es transdisciplinario y transversal. La pedagogía es esencialmente una ciencia transversal. Desde sus primeros escritos consideró que la escuela es mucho más que las cuatro paredes del salón de clases. Creó el “círculo de cultura”, como expresión de esa nueva pedagogía que no se reducía a la noción simplista de “aula”. En la sociedad del conocimiento de hoy en día esta idea es mucho más verdadera, ya que el “espacio escolar” es mucho más grande que la escuela. Los nuevos espacios de la formación (medios de comunicación, radio, TV, video, iglesias, sindicatos, teatros, empresas, ONG, espacio familiar, Internet...) extendieron la noción de escuela y de salón de clases. La educación se hizo comunitaria, virtual, multicultural y ecológica, y la escuela se extendió a la ciudad y al planeta. Hoy en día se piensa en red, se investiga en red, se trabaja en red, sin jerarquías. La noción de jerarquía (saber-ignorancia) es altamente apreciada por la escuela capitalista. Por otra parte, Paulo Freire insistía en la conectividad, en la gestión colectiva del conocimiento social a ser socializado de forma ascendente. Ya no se trata únicamente de ver la “ciudad educativa” (Edgar Faure), sino de ver al planeta como una escuela permanente.

A Paulo Freire le gustaba la libertad. Esta sería una lectura libertaria. Como muchos de sus intérpretes afirman, la tesis central de su obra es la tesis de la libertad-liberación. La libertad es la categoría central de su concepción educativa desde sus primeras obras. La liberación es el objetivo de la educación. La finalidad de la educación será liberarse de la realidad opresiva y de la injusticia. La educación tiene por objetivo la liberación, la transformación radical de la realidad, para mejorarla, para hacerla más humana, para permitir que los hombres y las mujeres sean reconocidos como sujetos de su historia y no como objetos.

La liberación se sitúa en el horizonte de una visión utópica de la sociedad y del papel de la educación. La educación, la formación, deben permitir una lectura crítica del mundo. El mundo que nos rodea es un mundo inacabado y eso implica la denuncia de la realidad opresiva, de la realidad injusta (inacabada), y, en consecuencia, la crítica transformadora, el anuncio de otra realidad. El anuncio es necesario como un momento de una nueva realidad a ser creada. Esa nueva realidad del mañana es la utopía del educador de hoy.


Autor
Moacir Gadotti
La Escuela y el Maestro
Paulo Freire y la pasión de enseñar


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