martes, 9 de agosto de 2016

La contaminación del lenguaje en Educación ¿Derecho humano o mercancía?

Los términos de la Economía de mercado han invadido numerosos ámbitos, y entre ellos el de la Educación ¿Se trata de un hecho inocente? ¿Qué dificultades genera?


El ámbito de la educación tampoco escapa a la contaminación general del lenguaje. La realidad se desvirtúa en términos más sutiles, menos brutales, que en la esfera de la guerra. Así, la diferencia entre el derecho básico a la educación y su mercantilización se diluye a través de la fórmula “acceso a la educación”. El lenguaje de los derechos se utiliza para hablar de inversiones y acuerdos comerciales. Es como si se hablara del derecho de acceso a la vida.

El cambio lingüístico en el ámbito de la educación corre paralelo al efectuado en los años 90 en otros campos de la actividad humana. Así, los problemas agrícolas y alimentarios se convirtieron en “desarrollo agrícola”, la deuda mundial, en “finanzas del desarrollo global”. Por otro lado, la violación del derecho público a estar informado sobre las asignaciones presupuestarias facilita que se priorice el gasto militar en detrimento del civil.

K. Tomasevski ha estudiado este fenómeno del cambio lingüístico en la política educativa en su libro El asalto a la educación: cómo los términos de la economía de mercado se han impuesto en los servicios públicos, cómo han impregnado el principio de educación general y gratuita, tan arraigado en Europa.

La educación ha pasado del derecho público al privado. De este modo, un bien público como la educación se convierte en mercancía negociable, en objeto de compraventa. En los años 80, la educación pasó de servicio público gratuito a formar parte del sistema de “costes compartidos”. En los años 90 se incluyó en el derecho mercantil. El resultado de la mercantilización ha llevado a que los centros privados operen como empresas comerciales y hasta se coticen en la bolsa.

La oferta de MBA (Maestría en Administración de Negocios), y de cualquier tipo que imaginarse pueda, se ha convertido en una verdadera industria. No queda ya institución pública ni privada que no pugne por el negocio. Por Internet circulan ofertas de diplomas digitales y títulos universitarios, incluido el de doctor, que no requieren siquiera certificados de selectividad ni de haber terminado la enseñanza secundaria. Tan sólo hay que pagar el importe correspondiente y se recibe el título deseado. A estos niveles de degradación ha llegado la mercantilización de la enseñanza.

Es cierto que la difusión de las tecnologías de la información y la comunicación, y muy en particular Internet, facilita la propagación de las informaciones y eleva el nivel de conocimientos de quienes pueden acceder a ellas. De ahí que la euforia de los tecnófilos los haya llevado a calificar la sociedad actual como “sociedad del conocimiento”.  La ingeniosidad comercial yanqui, la american ingenuity, se ha puesto inmediatamente manos a la obra para hacerla realidad. He aquí cómo entiende la formación universitaria este anuncio distribuido por Internet.

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No es sino lógico que donde, como en los Estados Unidos de América, la educación primaria gratuita no se reconoce como un derecho humano, como un bien público, sino como mercancía, la privatización de la enseñanza se lleve a estos extremos. Aquí termina el abandono de la concepción de la educación como servicio público, concepto tan arraigado en Europa y que tan dispuestos se encuentran nuestros políticos a abandonar. ¿A esto quieren llevarnos los defensores de la escuela y de las universidades privadas con su campaña denigratoria de la enseñanza pública? Todo apunta en este sentido, por mucho que digan los con capa y los sin ella.

En España, esta tendencia encuentra el campo abonado con la tradición de los colegios privados, casi todos regidos por órdenes religiosas. La privatización ha disparado la proliferación de instituciones y universidades privadas.

Los costes de la educación, antes en los presupuestos públicos, se trasladan así a los estudiantes y sus familias. Y como los costes aumentan y cada vez resulta más difícil hacer frente a ellos, hay que recurrir a los préstamos. Las instituciones bancarias han encontrado aquí una nueva fuente de ingresos.

El lenguaje comercial oculta que la educación es un derecho humano fundamental. Camufla la precariedad laboral y la angustia por encontrar un trabajo digno con el señuelo de los diplomas y títulos ofertados por esta industria del autoengaño.

La privatización afecta los contenidos. La enseñanza de la historia, e incluso de la ciencia, puede verse muy afectada. La visión que se dé de nuestra guerra civil o de la democracia, por ejemplo, puede discrepar muchísimo en función de que se imparta en los colegios religiosos privados o en los públicos laicos. Son los dueños de las instituciones privadas quienes fijan las materias y los libros de texto.

En los EEUU son también numerosos los estados que prohíben doctrinas científicas, como la teoría de la evolución, e imponen el creacionismo literal de la Biblia. Los tribunales estadounidenses se han visto obligados a intervenir en numerosos juicios para decidir si los niños reciben una enseñanza acorde con los conocimientos científicos o con la letra de la Biblia.

Como se sabe, no existe ninguna enseñanza que no esté determinada por la economía. La manera en que un pueblo satisface sus necesidades vitales marca su poesía, su música, sus casas, sus ciudades, su vida cotidiana. Sin embargo, nada se aprende en la escuela acerca de cómo funciona la economía. La materia más vinculada a nuestros intereses permanece oculta. Y la ignorancia de los maestros en cuestiones económicas suele ser tan grande como la de sus alumnos. Las escuelas que frecuentaron nuestros padres y nuestro abuelos, igual que las de nuestros hijos, no les enseñaron a preguntar en todos los acontecimientos de vital importancia para ellos: ¿quién se beneficia? Lo único que les enseñó todo el sistema educativo fue a obedecer, a ser sumisos y esperar mejor suerte en la otra vida, a ser carne de matadero con ciertas habilidades. Y la producción de ganado no es ningún logro cultural, aunque recite poesías. En una encuesta se le pedía a la gente su opinión de la fidelidad. El resultado fue que cuanto mayores eran los ingresos, tanto menor era la consideración de la fidelidad, y viceversa.

Quien pida una respuesta a la pregunta de por qué se enseña una materia y no otra tiene que averiguar antes quién determina lo que se enseña. A este conocimiento se puede llegar por inferencias. Las informaciones con las que se elabora lo que vamos a ser en la vida son seleccionadas por personas cuya ocupación más importante estriba en producir mercancías y en obtener una ganancia con su venta.

La realización de intenciones ajenas es inevitable cuando se nos excluye de la elaboración de los planes de estudio. Por eso hay que modificarlos de manera que en las escuelas no se puedan formar esclavos. Si no nos defendemos contra el plan de estudios de las escuelas, los medios de comunicación y los programas de la TV, nuestros pensamientos seguirán siendo los de nuestros enemigos. La mayoría de la gente cree que sus pensamientos provienen del interior de sus cabezas. No saben que el camino de las ideas discurre de afuera hacia adentro.

El espíritu de la competitividad, dominante en la economía, se ha transferido a la educación. La cooperación, la solidaridad y la emulación se sustituyen por la ley del más fuerte, más listo, más rico...

Pero la solidaridad, aunque la derecha se haya apropiado de este término tradicional de la izquierda, no tiene cabida en este sistema. Entendida como respeto y ayuda al prójimo, permanece ajena a él desde la misma infancia. El verticalismo de las clases, de arriba y abajo, dentro y fuera, claro y oscuro, etc., impera también en la organización escolar. El principio de competitividad se aplica en la enseñanza con la misma dureza que en la economía. Triunfan los que consiguen las mejores notas. Quienes, por cualesquiera razones, son segregados reciben un “tratamiento especial”, expresión prohibida por el mismo Himmler en 1943.

Entre este grupo de estigmatizados, se cuentan cada vez más los niños de los inmigrantes con problemas de lengua y de aprendizaje. En vez de llevar la escuela pública a un nivel que permita integrarlos, se financia y fomenta el negocio de los colegios privados, donde los padres prefieren llevar a sus retoños con el argumento de que los niños inmigrantes rebajan el nivel y perjudican la competitividad futura de sus hijos.

Sin embargo, es bien sabida la importancia que tienen los compañeros de escuela en el desarrollo de la vida subjetiva. Desde el punto de vista de la solidaridad, este sistema escolar agudiza las diferencias sociales. Sí, el ascenso a la cumbre requiere una especialización temprana. Pero, ¿cómo va a tomar responsabilidad política una persona que no ha aprendido en las escuelas a aceptar a otros, más débiles, y sólo se siente obligado para con su esquema de ascenso? se pregunta Pross. Los niños y jóvenes de la actual sociedad neoliberal, instruidos y adiestrados en las fechas y las cifras, están muy lejos de experimentar la solidaridad, edificada sobre la comunidad de intereses.

Es en las discusiones, en la dicción y contradicción, donde se puede descubrir que otros también piensan como yo y que también tienen los mismos intereses. En la sociedad actual, donde el personal está instruido en la competitividad, en el verticalismo, las instituciones educativas pasan de la solidaridad porque producen siempre nuevos conflictos entre grupos. Las manifestaciones de solidaridad se reducen a meras expresiones verbales.

La solidaridad no es una relación vertical, sino siempre horizontal. Si los niños no aprenden lo que se oculta realmente tras el lenguaje metafísico, ¿cómo van a entender que una palabra puede herir, que una mirada puede llevar a la desgracia? ¿Cómo van a comprender lo que se tiene en común con los demás si no se experimenta?

De ahí que si se quiere educar en la solidaridad, hay que enseñar la coexistencia real, no la superposición y sumisión abstractas. La enseñanza de la solidaridad parte de la coexistencia, de la horizontalidad, y no de la verticalidad de los valores. El primer principio de esta educación para la solidaridad sería reconocer la verdad de que cada persona ve las cosas de distinta manera. El segundo implicaría el llamado a lo común que subyace en esta diferencia. Reducir la desigualdad significa, pues, desmontar la violencia simbólica que ejerce sobre nosotros.




Extraído de
La Intoxicación Lingüística
El uso perverso de la lengua
Vicente Romano
Colección TILDE


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