martes, 24 de mayo de 2016

ARGENTINA Y BRASIL NO ACEPTAN RETROCEDER

Argentina, Brasil y otros países de América Latina han cambiado mucho en este siglo, han cambiado para mejor, son más diversos, menos injustos, más conscientes, incapaces de ceñirse a los espacios que las viejas oligarquías los quieren meter. Los procesos de restauración conservadora que se postulan en Argentina y Brasil plantean retrocesos en términos de derechos de las personas y en el tiempo, y lo hacen en países donde ya no caben estas propuestas, de ahí el recurso a la violencia, arma de los que no tienen razón.Emir_Sader_2013_(cropped)


¿Quién puede imaginar que esos países puedan volver a ser gobernados por representantes de los banqueros para los intereses de los bancos? ¿Quién puede imaginar que haya gobiernos que puedan promover el desempleo a rajatabla, sin respetar el derecho de los trabajadores y sin capacidad de organización y de lucha?
¿Cómo puede ser que las viejas oligarquías disfrazadas de nuevas puedan hacer que países como Argentina y Brasil en el siglo XXI sean subsidiarios de las políticas norteamericanas en el continente? ¿Cómo pueden pretender retroceder en el combate a las desigualdades, a la miseria y a la exclusión social, que tanto han avanzado en esos países, a contramano de las tendencias del capitalismo mundial? ¿Cómo pueden pretender hacer de Argentina y Brasil los ejes de los proyectos neoliberales y de los intereses imperiales de Washington en América Latina?
Pero parece que lo creen, por el tipo de gobierno, el tipo de ministros, el tipo de política que anuncian y tratan de poner en práctica. Cambia poco o nada que en un país retomen el gobierno por elecciones y en el otro por un golpe blando. El objetivo es el mismo: retroceder en lo que se ha avanzado en la superación del neoliberalismo.
Pretenden reducir el tamaño del Estado y, sobre todo, de los derechos garantizados por políticas públicas. Buscan abrir el mercado interno y profundizar en los procesos de desindustrialización y desnacionalización de las economías. Reducir los países al tamaño del mercado.
¿Es eso lo que el neoliberalismo, lo que las fuerzas conservadoras proponen en América Latina?  En efecto, es a eso a lo que quieren llegar.
 Buscan políticas externas que desarticulen los procesos de integración regional, abriendo camino hacia el retorno de las viejas fórmulas de subordinación económica, política e ideológica al Imperio. Retorno a lo que fueron las políticas internacionales de nuestros países en la década de 1990 con ningún protagonismo internacional. Países que sólo atraían la atención cuando había procesos de privatización y crisis, para entrar en el primer caso, para huir en el segundo.
¿Quieren hacer retroceder a Argentina y Brasil a las experiencias trágicas que han vivido en los ‘90 y que tantos años y esfuerzos ha costado superar? ¿Que volvamos a políticas que excluyen a la gran mayoría de la población, pero que atienden los intereses de la minoría del país?
Ya no es posible reimponer esos cauces. Nuestras sociedades no lo soportan y las grandes movilizaciones de rechazo de los gobiernos de Mauricio Macri y de Michel Temer lo demuestran. Se puede ganar una elección, en un caso, se puede dar un golpe blando, en el otro, pero eso no basta para construir un gobierno legitimado por el apoyo popular, capaz de dirigir el Estado atendiendo a todos, representando a todos.
Lo que se vive no es el final de los gobiernos que avanzan para superar el neoliberalismo, pero sí un paréntesis, en el que se acumulan más fuerzas, se agregan más sectores populares, se corrigen errores y se adecuan orientaciones. Porque nuestras sociedades no aguantan más ser comandadas por el poder del dinero, han aprendido a saber que la democracia está estrechamente vinculada al derecho de todos. Derechos sociales, derechos políticos, derecho a la palabra.
La segunda década del posneoliberalismo no será la última, sino la preparación de su continuidad, de la superación definitiva del neoliberalismo.
Fuente del artículo: http://blogs.publico.es/emir-sader/2016/05/21/argentina-y-brasil-no-aceptan-retroceder/

miércoles, 18 de mayo de 2016

Escuela de los vouchers

El académico estadounidense Michael W. Apple, un duro crítico del sistema de "libre elección" y vouchers en educación. Apple (Nueva Jersey, 1942), uno de los autores más relevantes de la corriente de "educación crítica", es profesor de la Universidad de Winsconsin y ha desarrollado su trabajo en torno a los vínculos entre poder, conocimiento y escuela.


Su visión sobre nuestro país es bastante clara. "Chile fue un modelo en el mundo en la implementación de vouchers y agendas neoliberales", señala en una entrevista con El Mostrador Cultura+Ciudad. "Creo que es un experimento fallido, aunque no soy un romántico respecto de lo que reemplazó".
Por eso, para el académico "la tarea no es volver al pasado, porque antes las escuelas también se dividían de acuerdo a las clases sociales, y antes a ratos tampoco se respetaba a los profesores, y eran mal pagados".
"Por tanto, no debo ser leído como que tengo una visión romántica del pasado, que todo antes era mejor, antes de que se hiciera cargo el Banco Mundial. No estaba bien, pero la respuesta tampoco es economizarlo todo, eso no ha funcionado", advierte.

Charlas sobre educación crítica

Apple tiene obras son reconocidas a nivel mundial, destacándose entre ellas Ideología y CurrículoEducación y Poder y Educar como Dios manda. Es profesor de los Departamentos de Currículum e Instrucción y de Estudios de Políticas Educativas en su universidad.
Sus invaluables aportes le han llevado a ser considerado como uno de los académicos más influyentes del Siglo XX en el campo educativo. Su viaje a Chile, un país que ya conoce de visitas anteriores, está siendo organizada conjuntamente por el Departamento de Educación de la U. de Santiago y la Facultad de Ciencias de la Educación de la UPLA.
En Santiago, Apple brindará el lunes la charla "Teoría y Práctica en la Educación Crítica", el martes "Entendiendo la 'política' detrás de las Reformas Educacionales" y el miércoles "No es sólo neoliberalismo", todas en el Salón de Honor de la Casa Central de la U. de Santiago, donde el 24 recibirá la máxima distinción de esta Casa de Estudios. El jueves, viernes y sábado posteriores estará en Viña del Mar, con otras dos charlas.

Origen humilde

La larga trayectoria de Apple como maestro, primero, y académico, después, lleva la impronta de su infancia, en el seno de una familia pobre de origen ruso judío. Se crió en un barrio negro de la localidad de Patterson, una de las cunas del movimiento obrero estadounidense y sede de las primeras huelgas generales del país. Su madre era comunista y su padre, socialista. Apple fue el primero de su familia en terminar la secundaria.
A esto se suma que tanto su padre como su abuelo y él mismo, de niño, fueron trabajadores gráficos. "Trabajar en una imprenta era el oficio más radical de la clase trabajadora, y su radicalismo se debía a que permitía a las personas ser letradas y críticas".
"Se asumía que el rol de la persona que trabajaba en una imprenta, al menos en la historia de mi familia, y del oeste de Estados Unidos, tanto en el sur como en el norte -que es una historia de gente luchando por educarse porque la palabra impresa era casi sagrada- era darle a la gente una forma de pensar acerca de sus vidas. Así que desde que fui niño, no puedo recordar un momento en que no deseara ser maestro", rememora.

Cuestionamiento a la educación

En aquella época, cuenta Apple, además la idea de ser profesor tenía otro valor: era un trabajo permanente, con una pensión, y era respetado.
"Como fui pobre, sólo pude ir a una escuela nocturna, en un centro de formación docente de muy poco prestigio, que había empezado como una escuela normal de dos años pero que cuando yo ingresé comenzó a ser de cuatro años y uno podía obtener un grado de bachiller", recuerda.
Allí preparaban a los estudiantes no para hacer clases en colegios de clase media o alta, sino que asumían que volverían a los barrios pobres de los cuales provenían. "Y yo quería eso, para mí era muy importante hacer eso".
Sus estudios se vieron interumpidos cuando fue llamado a realizar su servicio militar obligatorio. También allí lo colocaron en un programa de formación docente, donde la tarea era disciplinar a los jóvenes -especialmente los pobres- para que sirvieran en el Ejército.
Finalmente, Apple obtuvo su grado de bachiller, casi al mismo tiempo que cursaba un magíster en la Universidad de Columbia. Ya entonces comenzó su reflexión sobre la educación que se brindaba a las masas, y comenzó a cuestionarla.
"Nos enseñaban como si no tuviéramos cerebro. Éramos entrenados –y esa era la palabra que usaban, yo uso 'educar'- para volver a los colegios y hacer lo mismo con los niños, para tratarlos como si sólo se tratara de ser buenos trabajadores", recuerda.
"Cada vez más comencé a ver la educación como un acto político, lo que es efectivamente, es un acto de influencia, que nunca es neutral", reflexiona.
Para Apple la pregunta ya era no sólo qué se debe enseñar, sino de quién es el conocimiento que debían enseñar.
"¿Por qué estamos enseñando esto? ¿Por qué fracasan todos estos niños? Había tenido 50 niños en mi sala en la escuela primaria, y todos eran pobres. Muchos de ellos terminarían en la cárcel, o abandonando los estudios. Me quedó claro que si no me comprometía con un currículum más sabio políticamente, incluso aunque no lo creyera ideológicamente, también yo fracasaría. Así que por razones teóricas, prácticas y políticas, me vi cada vez más empujado hacia eso", dice.

EEUU y neoliberalismo

De estudiar la educación, Apple pasaría luego a examinar todo el sistema político. Y fue así como empezó a estudiar el neoliberalismo y su influencia en la escuela, en un país donde estaba fuertemente vinculado a la raza y la clase social.
"Si rastreas su historia, se trata de darles a los padres la opción de donde colocar a sus hijos", explica. "Y en la idea del neoliberalismo como la elección de los padres no puede entenderse en Estados Unidos, y creo que en Chile, Argentina, Brasil y muchos otros países, o en Sudáfrica, a menos que entiendas que se trata de proteger a los niños frente a la cultura y los cuerpos del otro: el pobre como otro, el indígena como otro, el negro como otro, el de otra clase social como otro".
"Cada vez más me fui dando cuenta de cómo Estado Unidos se estructuraba racialmente y de acuerdo a las clases económicas", remata.
En ese sentido, gran parte de su lucha contra los programa neoliberales de “elección” por parte de los padres debe entenderse no sólo como una preocupación intelectual personal acerca de las políticas económicas, los planes de elección y sus efectos, sino como vinculados a la historia que él entiende.
"Por ejemplo, por qué estamos desfinanciando las escuelas públicas, quién va a la escuela pública, quién no va, adonde se está yendo el dinero, qué es lo que está encubriendo la 'elección', quién se beneficia con ello. Esto se fue haciendo cada vez más claro a partir de mi experiencia trabajando en los barrios pobres, de que la mayoría de los padres blancos y pudientes querían 'proteger' a sus hijos de niños con peor rendimiento, que tendían a ser negros o morenos y pobres. Así que no puedes entenderme a mí si no entiendes la intersección entre clase y raza", señala.
Para Apple, como ha mostrado en sus libros, la clave es que no hay ninguna evidencia sólida que demuestre que el neoliberalismo mejore la educación. "Sí sabemos que hay una creciente segregación, y sí sabemos con toda certeza que beneficia ampliamente a los niños pudientes y a sus padres", lamenta.
Un ejemplo concreto es el estado de Wisconsin, donde reside. Allí hay planes de “vouchers”, y los padres pueden elegir mandar a sus hijos a escuelas “chárter” o privadas, usando dinero público. Un ochenta por ciento de ellos ya está enviando a sus hijos a escuelas privadas. El dinero es tomado desde las escuelas públicas y enviado hacia los padres pudientes que los apoyan.
Pero al mismo tiempo no hay suficiente dinero para mantener los empleos de los profesores. Los docentes en este estado no han tenido un aumento salarial en ocho años, los sindicatos han sido destruidos, las comunidades ya no tienen apoyos educacionales, los libros de texto tienen catorce años de antigüedad y más, y el tamaño de las clases está creciendo, dice.
"En algunas ciudades de Estados Unidos predicen que clases que solían ser de 25 alumnos, serán de 50 o 60. Así que sabemos empíricamente que todo esto no es algo bueno".

Cómo afecta la evaluación

Apple insiste en que la amplia mayoría de los programas neoliberales beneficia a un grupo muy reducido de personas. "Esto no significa que algunos padres no reciben ayuda, porque los grupos dominantes son muy buenos para usar las quejas que vienen desde 'abajo' de que las escuelas son demasiado burocráticas, que lo son; que no están dando la mejor educación posible, y en muchos lugares es así; y que la clase trabajadora no está siendo bien atendida por escuelas que están desfinanciadas".
"Algunas de estas cosas son ciertas. La tarea de los grupos dominantes es tomar este asunto y usarlo de tal forma que la mayoría de los beneficios vayan al 20% más rico de la población. Ése ha sido el resultado, por lejos, de las políticas neoliberales".
El modelo también ha incidido en la evaluación, ya que, según Apple, para que el neoliberalismo tenga éxito, todos los docentes deben ser obligados a enseñar lo mismo, ya que hay que entregar evidencia de que está haciendo cosas buenas. "Eso significa que tú no puedes enseñar algo diferente a mí, porque de otra manera los test no pueden medir lo mismo".
Hay una cultura en base a constantes auditorias, del nuevo gerencialismo: todo el mundo debe dar evidencia que están haciendo las cosas correctas, según el académico. "Por tanto, la nueva clase media ha ocupado puestos en el gobierno y los ministerios de educación, y ellos creen que están ayudando, realmente lo creen. Pero en realidad lo que tenemos es la 'prueba' merodeando al profesor. Aunque supuestamente queremos que los docentes sean más profesionales y tengan más autonomía, puesto que están siendo examinados todo el tiempo y sometidos a evaluaciones de desempeño, eso significa que tienen que enseñar lo mismo todo el tiempo".

Peligro para la democracia

Sin embargo, eso no es todo. Para Apple lo grave es que este sistema está cambiando nuestra comprensión acerca de la democracia.
"Ahora la democracia es práctica de consumo, democracia es 'elección'. Es como si el mundo fuera un gran supermercado, pero sabemos que sólo algunos pueden entrar al supermercado y comprar lo que quieran. Y alguna gente se vincula con lo que llamo 'consumo posmoderno'. Están afuera, miran los escaparates y se 'comen' las imágenes de los productos. Eso es lo que hace el neoliberalismo", critica.
Por eso, cree que su principal efecto no son los bajos logros entre los niños pobres, o la profunda desprofesionalización de los maestros a través de múltiples formas, sino grandes cambios ideológicos a un nivel más amplio, porque "el neoliberalismo es que no forma ciudadanos, sino consumidores".
"El neoliberalismo dice que la democracia es poder elegir en el mercado, dando una sensación de libertad y democracia que en realidad es destructiva. Crea lo que llamo 'individualismo posesivo': 'mientras tenga lo que es mío, todo está bien'. Es lo que llamo 'Adam Smith, pero sin Adam Smith'".
Apple recuerda que en “La riqueza de las naciones”, Smith dice que “por cada rico se necesitan 500 pobres”, pero que ya en su siguiente libro, sobre la economía moral del capitalismo, advertía que no se puede dejar que el mercado sea el que controle, porque los mercados no tienen ética.
"Así que debemos preguntar si el neoliberalismo impuesto a nuestros niños y docentes puede crear la ética de una sociedad democrática. Yo no creo que pueda. No veo ninguna evidencia de que pueda. Y eso no sólo me preocupa en el caso de Chile, sino también de Estados Unidos. Y como he estado por bastante tiempo en muchos lugares del mundo donde están haciendo esto –dado que el neoliberalismo actualmente es global- le pediría a Chile ser más cuidadoso con lo que está haciendo actualmente", concluye.

Fuente
El Mostrador (Chile)

lunes, 16 de mayo de 2016

La violencia psicológica en los medios de comunicación

Los medios de comunicación imponen sentidos, la escuela debe ser crítica, para tener armas frente a esta situación. Para lograr su cometido usan diversas armas ¿En qué consiste la violencia psicológica? ¿Qué lenguaje se usa para aplicarla? ¿Dónde?


Cuando oímos la palabra violencia, pensamos inmediatamente en la violencia física, esto es, en la aplicación de métodos violentos para imponer la voluntad propia. Pero, como ya expusimos en otro sitio, también se ejerce violencia cuando se falsea y tuerce la realidad hasta el punto de obligar a las personas a actuar en contra de sus intereses. Se habla entonces de violencia psicológica o simbólica, esto es, de la capacidad para imponer la validez de significados mediante signos hasta el punto de que otra gente se identifique con ellos. Este tipo de violencia adopta múltiples formas, mucho más frecuentes que la violencia física. Son más sutiles, menos evidentes, indirectas. Además, cuando se aceptan dócilmente los significados y valores de los poderosos no hay que pagar los sueldos, uniformes y armas de un cuerpo represor más caro e incómodo.

El capitalismo necesita la dominación psicológica del individuo y la manipulación de su conciencia. Así lo integra a su sistema de valores. Mientras la gente acepte este sistema social no es necesario someterla con policías, tanques ni ejércitos. Como la coacción abierta sería inaceptable, y como sólo una pequeña parte de la elite puede ser sobornada con recompensas tangibles, el Estado tiene que convencer a la inmensa mayoría de los ciudadanos de la inevitabilidad y virtud de sus acciones mediante la ideología.

La manera más efectiva para ocultar los actos de violencia psicológica y física de un sistema social que genera angustias, incertidumbre por el futuro, precariedad en el empleo, discriminación de todo tipo, etc., es crear un discurso que mantenga el miedo y haga creer a la población que no hay otra alternativa que la resignación. Es decir, el discurso de la mentira y del engaño. Como ya apuntó G. Orwell, los actos de violencia pueden hacerse más aceptables mediante eufemismos como “seguridad”, “libertad”, “democracia”, “guerra limpia”, etc. El lenguaje se convierte así en una especie de placebo, la gente se siente mejor. Pero las bombas mutilan los cuerpos sin distinguir si son amigos o enemigos, niños o soldados.

Hay que intoxicar mucho las mentes para admitir que la guerra es una acción humanitaria, que la destrucción de vidas y haciendas, el envenenamiento de tierras y aguas con uranio empobrecido, el empleo de napalm, agentes químicos, bombas “margarita”, llamadas así porque arrasan una milla cuadrada sin dejar siquiera hierba, y tantas otras armas de destrucción masiva aplicadas por los EEUU, contra las poblaciones de Japón, Vietnam, Yugoslavia, Afganistán, Iraq, etc., son instrumentos de la libertad y la democracia. Para aterrorizar a la propia población con la amenaza del “ántrax”, una bacteria que puede curarse con un sencillo tratamiento de antibióticos.

La violencia simbólica tiene su base en la contradicción entre la orientación vertical de los valores y la disposición horizontal de los signos. Así, si se observa de cerca el concepto de “orden” se verá fácilmente que no es la expresión de algo metafísico, sino una constelación de signos físicos impuesta por alguien a otros junto con una interpretación más o menos comprensible.

Cada signo de cualquier orden existente es un símbolo en relación con su correspondiente jerarquía de valores. “Alto” y “bajo nivel” son las expresiones metafóricas de esa orientación vertical de los valores, incluso en la ciencia. El lenguaje metafórico, la representación simbólica de los diferentes niveles de “arriba” y “abajo”, “superior e “inferior”, “dentro” y “fuera”, “claro” y “oscuro”, “fuerte” y “débil”, ha creado una idiosincrasia del verticalismo en la vida pública y social. Pero la experiencia cotidiana nos muestra que todos nos movemos al mismo nivel, que la coexistencia humana se desarrolla en la yuxtaposición y no en la superposición. Los seres humanos y los pueblos no existen unos encima de otros, sino unos al lado de otros.

Si es cierto que las jerarquías de valores siguen una orientación vertical y si también es cierto que la comunicación empírica, directa, cara a cara, sigue la orientación horizontal, no es de extrañar que esta contradicción genere conflictos y tensiones.

La fascinación de la violencia responde a la filosofía del éxito social a cualquier precio, del individualismo y egoísmo primitivos frente a la cooperación y la solidaridad propias de la especie humana. Lo que predomina en la pantalla, ya sea en los informativos o en la ficción, es el derecho del más fuerte, no los ideales democráticos de igualdad y dignidad humana.

Donde rige la violencia no impera el derecho. Es posible que la violencia simbólica del derecho resulte la más fuerte, pero las leyes las leen y enseñan muy pocos, mientras que millones y millones viven diariamente la victoria del más fuerte en el marco de sus cuatro paredes.

Por lo que respecta a los medios audiovisuales, la violencia se presenta tanto en los programas de actualidad (boletines de noticias, temas del día, documentales) como en los de ficción (series, telefilmes y películas). Los formatos de los informativos se clasifican en abiertos o cerrados. Un formato es abierto cuando proporciona espacio en donde se puede cuestionar y contestar la perspectiva oficial y en donde se pueden presentar y examinar otras perspectivas. Las ambigüedades, contradicciones y conclusiones o posibles desenlaces generados en el programa quedan sin resolver. Ejemplos: películas individuales o documentales de autor. Un formato es cerrado cuando opera dentro de los términos de referencia establecidos por la perspectiva oficial. Las imágenes, argumentos y pruebas están organizados para converger en una sola interpretación preferida y se marginan o excluyen otras conclusiones. Ejemplos: boletines de noticias, series de acción. Abierto y cerrado son conceptos estáticos en función de que el programa ofrezca uno o más puntos de vista.

Estas constricciones conducen a una forma de noticias que se presenta como informe objetivo e imparcial del acontecer. Los boletines de noticias (telediarios) tienden a presentarse en un estilo que oculta el proceso de selección y decisión que subyace tras la información y que apenas deja margen para el comentario o la argumentación. Las opiniones que se presentan son casi siempre las de los detentadores del poder en las principales instituciones: ministros y políticos de los partidos mayoritarios; miembros destacados de la policía y de la judicatura; dirigentes sindicales y de las organizaciones patronales; portavoces de los grupos de presión y de intereses, como iglesias y organizaciones profesionales. El resultado es que los boletines de noticias y telediarios, que es la fuente exclusiva de información de la mayoría de la población, constituyen una de las formas más “cerradas” de presentación y opera, por lo general, en términos de la perspectiva oficial.

La mayoría de las noticias sobre violencia las proporcionan las autoridades y se refieren a las respuestas gubernamentales a la violencia. Pero rara vez se explican los objetivos subyacentes de la violencia, y casi nunca se justifican. No se discuten los motivos ni las condiciones sociales que los provocan. La información se presenta descontextualizada, esto es, incomprensible. Se ofrecen unas cifras, pero se callan otras. Así, por ejemplo, el número de muertes provocadas por la violencia terrorista en América Latina entre 1968 y 1981 ascendió, según datos de la CIA, a 3.668. Pero se oculta que esa cifra no es más que 4 % de los 90 mil “desaparecidos” latinoamericanos durante el mismo período.

El lenguaje sigue siendo uno de los principales instrumentos de la violencia simbólica. Las palabras y los conceptos se utilizan conscientemente para violentar la capacidad cognitiva de las grandes masas de la población, para confundir las mentes y, en última instancia, para imponer significados que se contradicen con la realidad. Piénsese, por ejemplo, en el empleo de la “represión” utilizada por el gobierno de Israel contra los palestinos y justificada como “prevención”. La lista de ejemplos podría extenderse ad nauseam. Baste recordar la discriminación que se ejerce contra la mujer a la hora de emplear las mismas palabras o conceptos a personas de uno u otro sexo: fulano y fulana, hombre público y mujer pública, etc. Hasta el mismo Diccionario de la Real Academia de la Lengua practica la violencia de género en las definiciones de sus entradas.

El lenguaje importa, y cómo lo utilizan los medios. Si se puede violentar al público (de populicus, pueblo) de que el Estado tiene razón, esto es, si se se le puede persuadir hasta el punto de que se identifique con los significados oficiales, se le puede movilizar para que apoye y acepte la transferencia de fondos del wellfare (bienestar) a la seguridad y al warfare (guerra), equivalente al eslogan nazi de mantequilla por cañones. Sí, se requiere un uso perverso del lenguaje para hacer creer estas cosas. Sus técnicas son muchas y muy diversas.



Extraído de
La Intoxicación Lingüística
El uso perverso de la lengua
Vicente Romano
Colección TILDE



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