domingo, 4 de junio de 2017

LA PEDAGOGÍA DEL OPRESOR: EDUCACIÓN POR COMPETENCIAS

A los docentes que aún no comprenden la lógica subyacente a la “educación por competencias”, les recomiendo el artículo “Educando para el fracaso” (Opinión, La Prensa), del ingeniero Juan Planells, quien lleva muchos años trabajando el tema educativo desde las perspectivas del sector empresarial. Planells va directo al grano: “¡Que se sepa: sacar buenas calificaciones no garantiza que al terminar sus estudios el graduado tenga un trabajo asegurado!“.

Todos sabemos que un título no garantiza automáticamente el empleo, pero lo novedoso del planteamiento de Planells, y lo que es el centro de las competencias, es que lo importante para las empresas no son los conocimientos adquiridos, sino las actitudes del trabajador.
Veamos: “Hoy, lo primero que hace la empresa cuando evalúa un candidato, incluso antes de considerar sus competencias laborales, es revisar cuáles son sus valores. Los departamentos de personal someten a los aspirantes a las vacantes a una serie de pruebas que muestren su comportamientos frente a diferentes situaciones emocionales críticas, para ver si las aptitudes que presentan en su historial estudiantil fueron adquiridas sobre la base de actitudes frente a la vida que le den un claro objetivo de desarrollo personal y social sano“.
¿Qué evalúan lo departamentos de recursos humanos de las empresas en esas pruebas? “Estos exámenes evalúan aspectos como el autocontrol, independencia, agresividad, dinamismo, liderazgo, así como prioridades y motivaciones, entre otras llamadas competencias no cognitivas o emocionales“, dice Planells.
Mucho más claro todavía: “La escuela parece no haber entendido ese mensaje y sigue apostando a evaluar seriamente solo las competencias cognitivas, asignando calificaciones y otorgando créditos y honores a los que mejor puntaje obtienen en una larga serie de asignaturas… La calificación de las actitudes o valores no aparece en las páginas amarillas de la escuela…”.
De eso se trata, la educación por competencias nace desde el seno del sector empresarial y es impulsada por los organismos que regentan el sistema capitalista internacional, entre ellos el Banco Mundial, en función de aumentar la “eficiencia” y “productividad” de los trabajadores en tiempos de crisis del sistema, o sea, aumentar la explotación del trabajo.
En busca de esos objetivos, los conocimientos técnicos o especializados ya no son tan importantes, por un lado, porque pasan a ser controlados por una élite mundial cada vez más estrecha; por otro, porque los procesos de trabajo son tan genéricos que no requieren más que una base elemental y capacidad para aprender trabajando. Lo que Carlos Marx llamaba “trabajo abstracto” que remplaza al “trabajo concreto”. El “arte” o capacidad personal del trabajador cada vez importa menos, porque los procesos de trabajo permiten que cualquiera pueda ser reemplazado.
La idea es que hay que iniciar desde la formación temprana de los trabajadores cuando aún son niños o jóvenes. Para ello, los énfasis de la educación deben cambiar, ya no interesa tanto el aprendizaje en sí, es decir, los conocimientos técnicos o profesionales, sino las actitudes. Porque la empresa privada lo que pide a la escuela es que le entregue personal dócil y maleable, capaz de afrontar situaciones críticas sin rebelarse.
Según la teoría de las competencias, el énfasis de la educación y la evaluación debe pasar del conocimiento a las actitudes. A eso responden los cuatro postulados básicos de la educación por competencias: a. Saber ser (actitudes); b. Saber hacer (no tanto como técnica, sino también actitudinal, trabajar en equipo, etc); c. Saber comunicar (relación con los demás); d. Saber-saber (aquí tampoco interesa el conocimiento técnico o especialista, sino la actitud para la autoformación permanente).
Esos cuatro postulados son divididos en tres niveles al momento del diseño del currículo, ya sea por materias o para toda una carrera o nivel educativo (Programas Analíticos por Competencias): a. Competencias básicas (énfasis en las comunicativas); b. Competencias genéricas (con énfasis en los valores y actitudes); c. Competencias específicas(que tampoco son los conocimiento técnicos tradicionales, o “saberes muertos” como le llaman, sino que están referidas a un modelo general impuesto desde la Unión Europea llamado “Competencias Tunning”, que se refieren a capacidad análisis y síntesis, de resolver problemas, adaptación, etc.).
Planells tiene razón, los educadores “viejos”, que fuimos formados en el modelo constructivista, ponemos el énfasis de la evaluación en la capacidad del estudiante por aprender las bases de la ciencia o la técnica que estemos enseñando. De manera que una ínfima parte de la evaluación, tratando de ser objetivos pero también de estimular al estudiante, es la apreciación, con la que evaluamos las actitudes.
Los empresarios no quieren eso, y tampoco es el objetivo de las “competencias”, para ellos es al revés: el centro de la evaluación son las actitudes, si el estudiante aprende el fondo, no interesa. Por ejemplo, sobre la estructura de la célula, importa más si el estudiante usó “data-show”, si trabajó en grupo, si tiene una personalidad comunicativa, a si en verdad comprendió la esencia del asunto.
La pedagogía constructivista, basada en los descubrimientos de Piaget, se trataba de buscar técnicas participativas para que estudiantes construyeran un conocimiento real sobre el mundo y comprendieran a cabalidad los proceso implicados en su profesión.  Pero conocer implica comprender, no memorizar o repetir. Conocer y comprender implican la capacidad de realizar juicios críticos.
Paulo Freire desarrolló su “pedagogía del oprimido” sobre la base del constructivismo, para alfabetizar adultos de sectores marginales de Brasil, relacionando las palabras con el mundo que vivían, haciendo del alfabeto un instrumento para reflexionar sobre su realidad concreta y proclamarla a la sociedad. A decir de Ernani María Fiori, el método de Freire “no enseña a repetir palabras”, sino a decodificarlas críticamente, para “decir y escribir su mundo, su pensamiento, para contar su historia”.
Tanto los intereses empresariales, como la educación por competencias, no les interesa que el estudiante “sepa”, que conozca, y menos aún que “comprenda críticamente”. Alguien puede alegar: ¿Acaso es malo evaluar los valores y las actitudes? ¿Acaso no debemos fomentar la colaboración, el trabajo en grupo, las capacidades comunicativas? No es malo. Siempre han sido parte del proceso educativo.
El problema es que para Planells, para las empresas y para las “competencias”, los valores y actitudes que desean promover están en función del sometimiento dócil a la voluntad del empresariado. En ese esquema la capacidad “crítica”, es decir, reflexiva y comprensiva, no interesa. Y, aunque se habla de promover el “diálogo” se condena la lucha cívica por los derechos, de la cual el estudiantado de todas las generaciones ha aportado a la sociedad.
Planells dice: “Los encargados de recursos humanos deben explicarle a los educadores que por encima de tener puntuación de cinco en matemáticas y lengua, un joven que no pueda sustentar sus ideas en un diálogo y escoge la vía violenta en las calles está condenado al fracaso social...”. ¿Son “fracasados sociales” los jóvenes que el 9 de Enero de 1964 se lanzaron a la calle para plantar una bandera? Gracias a ellos, todos podemos pasear por el canal, recibir sus beneficios económicos y, algunos empresarios aumentar su pecunio con las “áreas revertidas”.
El objetivo de esta “pedagogía de los opresores”, es un estudiante dócil y manipulable, por ello las primeras víctimas son las materias que ayudan a reflexionar sobre la realidad social, que el empresariado no quiere que se sigan impartiendo: filosofía, historia, sociología. Según la lógica de las competencias los  contenidos de esos cursos son “saberes muertos”, sin utilidad para la vida práctica. Para la “vida práctica”, según esa pedagogía de los opresores, interesa más que el estudiante sepa inglés y manejar una computadora que rudimentos de lógica o la historia de su país.
A la larga, también serán devaluados los títulos académicos o tendrán validez temporal, en un mundo capitalista que impone la precariedad laboral a los trabajadores. Desde la lógica de “las competencias”, a mediano plazo, será irrelevante si el título dice profesor, sociólogo o economista, después que el titulado tanga buena actitud para adaptarse a la voluntad de la empresa.
Al final, la educación también es un campo de batalla de la lucha de clases. Es un campo de batalla ideológico. Los educadores debemos ser conscientes de que el ataque que se sufre en los derechos laborales, en las campañas de desprestigio contra nuestros gremios y dirigentes, en la inestabilidad laboral, son parte de un nuevo modelo educativo que responde a la “pedagogía que conviene a los opresores”, la de “las competencias”.
Como dice Ernani M. Fiori: “En un régimen de dominación de conciencias, en que los que más trabajan menos pueden decir su palabra, y en que inmensas multitudes ni siquiera tienen condiciones para trabajar, los dominadores mantienen el monopolio de la palabra,  con que mistifican, masifican y dominan. En esa situación, los dominados, para decir su palabra, tienen que luchar para tomarla. Aprender a tomarla de los que la retienen y niegan a los demás, es un difícil pero imprescindible aprendizaje: es ‘la pedagogía del oprimido’“.


POR: OLMEDO BELUCHE. REEVO
Fuente: http://reevo.org/externo/educacion-por-competencia-o-pedagogia-del-opresor/


jueves, 1 de junio de 2017

El feliz mundo neoliberal

La autora advierte que, al igual que en la novela de Huxley, el neoliberalismo instala el ideal de felicidad a través del disciplinamiento y plantea una sociedad medicalizada, fundada en un supuesto funcionamiento normal y regimentado que homogeneiza.

Un mundo feliz, la novela del escritor británico Aldous Huxley publicada en 1932, narra la realización de un experimento consistente en producir una organización social feliz a través de la medicalización y la hipnopedia. Quienes dirigen la investigación administran, calculan y controlan procedimientos químicos sobre cultivos humanos que se producen en botellas. Luego adoctrinan a través de la “hipnopedia”, método de manipulación basado en la repetición de frases cortas, que se graban en el cerebro de los niños al nacer y mientras se duerme, para que la gente crea ciertas “verdades”. Se fabricaba un narcótico llamado Soma, droga que se suministraba a los deprimidos para que se evadan de la realidad y “curar” sus penas. El Estado era el encargado del reparto de esta sustancia, una especie de elixir de la felicidad, a fin de controlar las emociones y mantener a las personas contentas, factor necesario para no poner en peligro la estabilidad de la Metrópolis (nombre de la ciudad).
Para el mejor funcionamiento del sistema los seres humanos se dividían en castas: Alfas, Betas, Gammas, Deltas y Epsilons. Los Alfas eran inteligentes, altos y musculosos; los Epsilons bajos, tontos y feos. Ese mundo decidió que los de las castas inferiores se cultivarían por lotes de copias exactas, continuando de por vida siendo tontos e inferiores, para lo cual se agregaban ciertas sustancias en el tubo de ensayo, condenando a estos seres inferiores a un destino “natural” e inamovible.
Este notable texto que se inscribió a comienzos del siglo XX como literatura de ciencia ficción, llevó a su autor a afirmar, unos años después, que muchas de sus imaginadas truculencias se habían convertido en penosas realidades con una rapidez que él no había imaginado. Sostenemos que esa ficción presenta sorprendente similitud con la subjetividad producida por el neoliberalismo, en la que la medicalización de la sociedad es uno de sus determinantes principales.
El neoliberalismo es un dispositivo biopolítico que avanza ilimitadamente sobre la cultura y la transforma en un mercado en el que todo tiene un precio. Organizada por los imperativos de consumo, la cultura neoliberal precisa producir una subjetividad narcotizada, que se satisface consumiendo, anhelando una felicidad  consistente en aumentar constantemente su riqueza y tener un éxito que siempre va a resultar insuficiente. Las personas son consideradas solo en tanto consumidoras o como recursos humanos a los que hay que evaluar, decidir para qué sirven y en qué pueden convertirse. Lo social se muestra atravesado por la falsa premisa de la meritocracia y la ingenua creencia del empresario de sí mismo, adiestrado en libros de autoayuda y couchings, encubriendo así la realidad inamovible de los privilegios y los destinos de exclusión que se presentan como “naturales”.
En el neoliberalismo la cuantificación y la cifra son ideales orientadores que funcionan como garantías del ser, referenciados en las escalas de valores que establecen los departamentos de venta de las empresas. Ellos imponen los criterios de normalidad, salud y enfermedad, los valores compartidos, hábitos  costumbres y los sentidos que luego serán comunes. Los grandes laboratorios deciden invertir en el desarrollo de medicamentos en función de estrategias de mercado, para lo cual instalan determinadas patologías. Establecen la enfermedad, definen los percentiles de anormalidad y los síntomas que ella incluye, así como la estrategia para la expansión de ese diagnóstico, que en algunos casos constituirán “epidemias”. Realizan una gran campaña de marketing que consiste en sponsorear congresos, publicaciones, capacitaciones, viajes para los profesionales, publicidad, campañas de prevención y difusión, etc. Si consideramos el hecho de que la industria farmacéutica es una de las más poderosas del planeta, es fácil deducir que obtendremos como resultado una cultura cada vez más medicalizada y homogeneizada en una supuesta salud como en una supuesta enfermedad, una verdadera colonización de la subjetividad. La investigación en enfermedades mentales sostenidas por las neurociencias no es el producto de un alma bella dedicada a hacer el bien a la humanidad, sino que se rige por esta lógica de expansión del diagnóstico de determinadas enfermedades articuladas a la venta de remedios.
Consideremos algunos ejemplos. El  “ataque de pánico” se puso de moda en los últimos años gracias a una excelente campaña de marketing  financiada por los laboratorios. Los síntomas que incluye el “novedoso” cuadro ya fueron agrupados por Freud en 1895 bajo el nombre de neurosis de angustia: hipertensión arterial súbita, taquicardia, dificultad respiratoria, disnea, mareos e inestabilidad, sudoración, vómitos o náuseas.
El llamado trastorno bipolar es un cuadro hace tiempo conocido como psicosis maníaco depresiva, que se ha expandido enormemente en los últimos 20 años por efecto de estas políticas corporativas. Muchísimos sujetos están siendo rediagnosticados como bipolares a partir de la observación de conductas, la evaluación de rendimientos, estableciendo parámetros sintomáticos sin que se  realice un diagnóstico estructural.
En el caso de los niños, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), está a la orden del día. El déficit de atención, la hiperactividad e impulsividad  son características de la infancia, que fueron elevadas a la categoría de trastorno neurobiológico: un desorden del cerebro. Los neurólogos afirman que es fundamental realizar un diagnóstico temprano para evaluar si  tales síntomas se presentan con una intensidad y frecuencia superior a la normal  y si interfieren en los ámbitos de su vida escolar familiar y social. ¿Conocen algún niño que no presente estos supuestos síntomas? ¿Cuál es la medida  de la normalidad y quién la establece?
El prestigioso neurólogo Fred Baughman denunció ante el Congreso de los Estados Unidos y presentó una demanda de fraude al consumidor en el Estado de California por el falso diagnóstico de TDAH. Niños completamente normales fueron diagnosticados con ficticios desequilibrios químicos cerebrales, y la subsecuente orden médica de tomar drogas. El exceso diagnóstico induce a medicalizar comportamientos que simplemente se separan de la norma, sin ser propiamente trastornos psíquicos.
En nombre de la salud y la normalidad observamos un empuje que lleva a la ciencia hacia el dispositivo del discurso capitalista y produce el plan macabro de una sociedad medicalizada a través de la expansión de diagnósticos en serie y a medida de las necesidades de los grandes laboratorios. Uno de los mayores éxitos del neoliberalismo es haber instalado dos creencias generalizadas que responden sugestivamente a la alianza entre neurociencias e industrias farmacológicas: la de  una supuesta normalidad psíquica que se debe alcanzar y que la vía para esa consecución es la medicalización.
Las neurociencias, funcionales al neoliberalismo, de manera autoritaria y lucrativa deciden qué es la salud y la enfermedad, miden la subjetividad, cuantifican la tristeza y definen que estar enamorado es bajar la serotonina a menos del 40 por ciento. La neurona está por todos lados y todas las actividades humanas son susceptibles de estar regidas por una lógica cerebral que hay que medir y medicalizar. Vemos claramente cómo el capital  produce subjetividad y se apropia ya no sólo de la plusvalía sino de la verdad del sujeto.
La dimensión subjetiva, la singularidad de un síntoma no pueden localizarse en el sistema nervioso central o en un circuito neuronal que no anda bien. El sufrimiento no se refleja en imágenes de resonancias magnéticas y lo humano no se reduce a los términos de un cerebro ni a las conexiones neuronales. El sujeto del inconsciente es un efecto de los distintos discursos, y no es susceptible de reducirse a las categorías de un mundo uniforme ni cuadra con la razón normativizada, la lógica positivista o la evaluación meramente cuantitativa. El psicoanálisis produjo como novedad un cuerpo erógeno, afectado, que se satisface y  cuyo sufrimiento no coincide con el circuito neuronal.
Del mismo modo que en la novela de Huxley, el neoliberalismo instala el ideal de felicidad a través del disciplinamiento, planteando una sociedad medicalizada, fundada en un supuesto funcionamiento normal y regimentado que homogeneiza.
La buena noticia es que la angustia, ese afecto tan humano e inevitable, resiste al medicamento y no se deja domesticar en un diagnóstico estigmatizante. La singularidad de la angustia impide que ningún “Soma” logre el objetivo colonizador de realizar una cultura identificada a la máquina, con un funcionamiento normal, adaptado al mundo del poder. En resumen, la angustia  no engaña y en muchos casos permite despertarnos del sueño cientificista que propone la industria farmacéutica.



Por Nora Merlin 
*Psicoanalista y docente de la UBA. Magister en Ciencias Políticas (Idaes). Autora de Populismo y psicoanálisis.

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