jueves, 2 de abril de 2020

ENSEÑAR LA UTOPÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA


Escribo estas letras sin un propósito claro, preciso. No pretendo dar ninguna lección. Seguramente aclararme un poco a mí mismo y ver si con ello busco un punto de encuentro con alguien al otro lado de este confinamiento. Sí, definitivamente, esa es la intención de estas notas. Buscar alguien al final de este túnel hacia el que nos precipitamos, colectiva y, a la vez, solitaria e individualmente. Podríamos decir que estamos también ante un colapso introspectivo. Como en la novela de La Peste de Albert Camus, poco a poco, todo esto nos ha cogido completamente desprevenidos. Hubo quienes se rieron en los primeros días, como en la novela, al ver que el índice de ventas de este libro crecía al calor de las noticias que nos iban llegando sobre la evolución del virus, el cual arroja, igual que en ella, al ser humano frente al absurdo. El mecanismo es similar. Al menos, quienes tuvieron la suerte de poder comprarla durante los primeros días, hoy podrán disfrutar de una buena lectura, que habla del ser y la existencia, del apoyo mutuo y la libertad individual frente a la indiferencia y la autoridad. Bien es cierto que Camus hacía en ella una crítica a la restricción de las libertades en las dictaduras, especialmente a la ocupación nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que la novela continuará siendo útil en los próximos meses. Guárdenla. No se desprendan todavía de sus enseñanzas, todavía no…


Cada uno hoy sabe cómo les sobrevino esta plaga. En mi caso, me encontraba explicando en un Instituto de la provincia de Ávila a mis alumnos y a mis alumnas de 2º de la ESO el Humanismo. ¿No les parece una buena paradoja? Una de las actividades que había programado consistía en explicar el origen etimológico de la palabra Utopía, a partir de la obra de Tomás Moro, la cual les he recomendado como lectura voluntaria para estos días. Muchas personas ya sabrán que la etimología de este concepto alberga dos significados, los cuales no son necesariamente incompatibles: el primero de ellos οὐ («no») y τόπος («lugar»), significa literalmente «no-lugar«; el segundo εὖ («bueno» o «bien») y τόπος («lugar»), haría referencia a «el buen lugar». Otro mundo mejor. Pues bien, resulta que la explicación se desarrolló en medio del inicio de esta crisis y gran parte de mi alumnado no habían oído siquiera mentar esta palabra, la cual desconocían completamente, por lo que me pareció importante incidir en ella, dedicándole toda una sesión. Por esos días, el tiempo todavía tenía un valor conforme a un régimen económico que nos disciplina, obligándonos a cubrir todo el temario, deprisa, deprisa…

Durante el desarrollo de la misma, a pesar de mi empeño, me resultaba más fácil explicar su concepto opuesto (distopía) que la palabra en cuestión. Ya saben que la pedagogía recomienda buscar ejemplos cercanos, que nuestros alumnos y nuestras alumnas sepan identificar fácilmente. Es ya famosa la afirmación que plantea que en las sociedades actuales, las sociedades postmodernas, resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y así es también para los y las más jóvenes. Al menos hasta la semana pasada. A pesar de las dificultades, entre todos y entre todas (todoas) conseguimos definir cómo sería nuestra particular isla. En ella el profesorado, por supuesto, no les mandaríamos muchos deberes. Pero ellos y ellas, claro, se portarían y atenderían tan bien en el aula que no sería necesario, tampoco los dichosos exámenes. Quedé bastante contento con la comprensión de un concepto tan nuevo para ellos y para ellas, y tan cargado de El principio esperanza para mí, tal y como plantease Ernst Bloch en su estudio clásico escrito entre 1938 y 1947, durante su exilio en Estados Unidos. No obstante, a nadie, tampoco a mí, se le escapó la sensación irreal que, como de paradoja, representaba hablarles de algo de este calado en medio de la propagación de una pandemia que pronto nos delegaría a (casi) todoas a nuestras casas.

Sacando algunas conclusiones del mundo que nos ha tocado vivir, y el cual tratamos de hacer conocer a nuestro alumnado de la mejor forma que podemos y que sabemos, esta plaga ha tocado las debilidades del sistema en el que estamos inmersos, recordándonos sus múltiples miserias, una vez más. Como si por algún motivo la realidad se empeñase en hacernos ver algo que no terminamos de comprender, a pesar de las nefastas consecuencias fruto de esa incomprensión. Como en todas las plagas a lo largo de la historia, no todas las personas la vivirán ni la están viviendo del mismo modo, y así nos lo recuerdan las redes sociales, las cuales continúan mostrándonos lo más íntimo de nuestras vidas, apelando al sentimiento de soledad que nos rodea. Como estas letras, esos vídeos, esas imágenes, no son más que mensajes en botellas que intentamos hacer llegar a los demás para escapar al aislamiento, el cual no se inició necesariamente con el estado de alarma, sino que, en buena medida, es un estado antropológico, existencial. Pues bien, dentro de este aislamiento que se solapa al interior, previo a la cuarentena, habrá quienes tengan más dificultades, que son dificultades que tienen un sesgo social, material, inmediato.

Esta pandemia ha roto el statu quo que mantenía a Occidente aferrado a su torre de marfil, impenetrable. Ahora las fronteras se cierran también para nosotros, el enemigo es invisible y está entre nosotros, no lleva hiyab, ni habla otras lenguas, ni profesa otras religiones. Ahora somos nosotros y nosotras quienes solicitamos ayuda para salvarnos de este naufragio.

Otra paradoja de esta plaga es que ha hecho visibles a los invisibles, aquellos que, como aquel 1 de enero de 1994, en Chiapas (México), nacieron en la noche, “la larga noche de los 500 años”, casi tantos como la obra de Tomás Moro. Pues bien, cajeras, transportistas, mozos de almacén, limpiadoras, autónomos, jornaleros y jornaleras, y un largo etcétera, todoas aquellas a las que muchos miraban por encima del hombro hace apenas unos días, hoy se revelan como lo que son, la base del sistema.

Absolutamente imprescindibles. Mientras el resto nos confinamos, y no podemos hacer otra cosa que mirarles como con gesto de agradecimiento: gracias por estar ahí; disculpad por no haberos echado cuentas antes, como dicen las personas mayores. Pero a pesar de esto, el olvido es otro de los grandes males en las sociedades actuales. Ya olvidamos las consecuencias de la última crisis económica, ¿volveremos a olvidar de nuevo lo que han hecho por nosotros y por nosotras todas estas personas hoy, en este preciso instante, imprescindibles? Repaso en estos días la Genealogía de la moral de Nietzsche (1887), en la que se preguntaba: “¿Cómo se hace para inculcar una memoria en el animal hombre?”. Y no encontraba otra respuesta que la de apelar al dolor: “el pasado, su parte más larga, más profunda, más dura, nos roza y resurge en nosotros cuando nos ponemos serios”.

En efecto, existen toda otra multitud de oficios y de personas anónimas que estos días se están revelando fundamentales: personal sanitario, profesorado y otro largo etcétera. La “multitud” que pone en marcha cada mañana el mundo, y que no son el Rey, ni Amancio Ortega y la patronal, que no son tampoco los políticos, ni “los mercados” (ese término inventado para ocultar a los inversores y capitales que, como los famosos fondos buitres, después de la última crisis, se han encargado de comportarse como auténticas aves de rapiña, a pesar y en contra de la idea de bien común, de la mayoría). Frente a ellos, se revelan también hoy fundamentales trabajadores y trabajadoras públicos a los que los ideólogos del denominado neoliberalismo, o totalcapitalismo, esa hidra de mil cabezas, ha maltratado durante tantos años, haciéndonos pensar que los individuos somos suficientes frente al mundo, en una suerte de darwinismo social. Cuando en realidad ahora volvemos a descubrir a fuerza de dolor que la base de la evolución no es la competencia ni el individuo, sino la cooperación y el colectivo. Sin esto, no hay supervivencia como especie. ¿Volveremos a olvidarlo de nuevo cuando todo esto pase?

Por no hablar de las personas mayores, aquellas a las que habíamos relegado al más oscuro de los olvidos, ese que surge cuando no vemos más allá de la idea de beneficio. Esta plaga se ceba con ellos y con ellas y nos recuerda que, hasta la semana pasada, hemos fracasado como sociedad, que no hemos sabido protegerles. Y serán, lo están siendo, las primeras víctimas de esta crisis, la cual apela a los principios sobre los que estábamos destruyendo la naturaleza, la posibilidad de vida en el planeta Tierra: el consumo, ahora paralizado, y el beneficio, que ha acabado por determinar las relaciones entre las personas. No es ahora el momento de ajustar cuentas, pero todo se andará. Por el momento, me parece que debemos afrontar esta crisis con la ética de la filosofía estoica “rebajada al nivel del pueblo”, tal y como reflexionaba Pasolini sobre las clases subalternas de la ciudad de Roma:
“Para vivir hay que luchar, no hay más misterio. Toca sufrir, pero también aguantar: y mientras tanto, apañárselas, incluso con rabia. Tal vez haya un dios, cristiano, católico, al que es necesario aplacar con velas o plegarias; y después apañárselas. Es aquí, en la tierra, donde se nos premia y se nos castiga” (La ciudad de Dios, 2019, p. 95).

Una ética aplicada y aprendida a lo largo de los siglos, de resiliencia, resistencia y rebeldía. Y después. Nadie sabe lo que vendrá después. Quizá sea útil emplear estos días de aislamiento para imaginar otros mundos lejos de esta realidad distópica. Imaginar la banda sonora de, como planteaba hace no mucho el sup. Insurgente Galeno: “un mundo nuevo que, insumiso, surge de los escombros de otro que ya cruje imperceptiblemente” (Baila una ballena, 2019). ¿Quién sabe? Quizá para ello tengan que pasar otros 500 años.


Por
Gustavo Hernández Sánchez. Doctor en Historia. Grupo de Estudios Culturales A. Gramsci. Profesor en la Escuela Pública.
Fuente de la Información: https://rebelion.org/ensenar-la-utopia-en-tiempos-de-pandemia/

miércoles, 1 de abril de 2020

CORONAVIRUS: EL PERFECTO DESASTRE PARA EL CAPITALISMO DEL DESASTRE


Por: Leonardo Boff 
La pandemia actual del coronavirus representa una oportunidad única para que repensemos nuestro modo de habitar la Casa Común, la forma cómo producimos, consumimos y nos relacionamos con la naturaleza.


Ha llegado la hora de cuestionar las virtudes del orden capitalista: la acumulación ilimitada, la competición, el individualismo, el consumismo, el despilfarro, la indiferencia frente a la miseria de millones de personas, la reducción del Estado y la exaltación del lema de Wallstreet: “greed is good” (la avaricia es buena). Todo esto se ha puesto en jaque ahora. Aquel ya no puede continuar.

Lo que nos podrá salvar ahora no son las empresas privadas sino el Estado con sus políticas sanitarias generales, atacado siempre por el sistema del mercado “libre”, y serán las virtudes del nuevo paradigma, defendidas por muchos y por mí, el cuidado, la solidaridad social, la corresponsabilidad y la compasión.

El primero en ver la urgencia de este cambio ha sido el presidente francés, neoliberal y proveniente del mundo de las finanzas, E. Macron. Lo dijo bien claro: “Queridos compatriotas, “Mañana tendremos tiempo de sacar lecciones del momento que atravesamos, cuestionar el modelo de desarrollo que nuestro mundo escogió hace décadas y que muestra sus fallos a la luz del día, cuestionar las debilidades de nuestras democracias. Lo que revela esta pandemia es que la salud gratuita, sin condiciones de ingresos, de historia personal o de profesión, y nuestro Estado de Bienestar Social no son costes o cargas sino bienes preciosos, unos beneficios indispensables cuando el destino llama a la puerta. Lo que esta pandemia revela es que existen bienes y servicios que deben quedar fuera de las leyes del mercado”.
Aquí se muestra la plena conciencia de que una economía sólo de mercado, que mercantiliza todo, y su expresión política, el neoliberalismo, son maléficas para la sociedad y para el futuro de la vida.

Todavía más contundente fue la periodista Naomi Klein, una de las más perspicaces críticas del sistema-mundo, que sirve de título a este artículo: “El coronavirus es el perfecto desastre para el capitalismo del desastre”.

Esta pandemia ha producido el colapso del mercado de valores (bolsas), el corazón de este sistema especulativo, individualista y anti-vida, como lo llama el Papa Francisco. Este sistema viola la ley más universal del cosmos, de la naturaleza y del ser humano: la interdependencia de todos con todos; que no existe ningún ser, mucho menos nosotros los humanos, como una isla desconectada de todo lo demás. Más aún: no reconoce que somos parte de la naturaleza y que la Tierra no nos pertenece para explotarla a nuestro antojo; nosotros pertenecemos a la Tierra.

En la visión de los mejores cosmólogos y astronautas que ven la unidad de la Tierra y la humanidad, somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y venera. Sobreexplotando la naturaleza y la Tierra como se está haciendo en todo el mundo, nos perjudicamos a nosotros mismos y nos exponemos a las reacciones e incluso a los castigos que ella nos imponga. Es madre generosa, pero puede rebelarse y enviarnos un virus devastador.

Sostengo la tesis de que esta pandemia no puede combatirse solo con medios económicos y sanitarios, siempre indispensables. Exige otra relación con la naturaleza y la Tierra. Si después que la crisis haya pasado no hacemos los cambios necesarios, la próxima vez podrá ser la última, ya que nos convertiremos en enemigos acérrimos de la Tierra. Y puede que ella ya no nos quiera aquí.

El informe del profesor Neil Ferguson del Imperial College de Londres declaró: “este es el virus más peligroso desde la gripe H1N1 de 1918. Si no hay respuesta, podría haber 3.2 millones de muertes en los Estados Unidos y 510,000 en el Reino Unido”. Bastó esta declaración para que Trump y Johnson cambiasen inmediatamente sus posiciones. Mientras, en Brasil al Presidente no le importa, lo trata como “histeria” y en las palabras de un periodista alemán de Deutsche Welle: “Actúa criminalmente. Brasil está dirigido por un psicópata y el país haría bien en eliminarlo tan pronto como sea posible. Habría muchas razones para ello”. Es lo que el Parlamento y la Suprema Corte por amor al pueblo, deberían hacer sin demora.

No basta la hiperinformación ni los llamamientos por todos los medios de comunicación. No nos mueven al cambio de comportamiento exigido. Tenemos que despertar la razón sensible y cordial. Superar la indiferencia y sentir con el corazón el dolor de los otros. Nadie está inmune al virus. Ricos y pobres tenemos que ser solidarios unos con otros, cuidarnos personalmente y cuidar de los otros y asumir una responsabilidad colectiva. No hay un puerto de salvación. O nos sentimos humanos, co-iguales en la misma Casa Común o nos hundiremos todos.

Las mujeres, como nunca antes en la historia, tienen una misión especial: ellas saben de la vida y del cuidado necesario. Ellas pueden ayudarnos a despertar nuestra sensibilidad hacia los otros y hacia nosotros mismos. Ellas junto con los trabajadores de la salud (cuerpo médico y de enfermería) merecen nuestro apoyo sin límites. Cuidar a quien nos cuida para minimizar los males de este terrible asalto a la vida humana.



Fuente: https://acento.com.do/2020/opinion/8798786-coronavirus-el-perfecto-desastre-para-el-capitalismo-del-desastre/


domingo, 29 de marzo de 2020

El coronavirus no es igual para todos


  • ¿Qué haremos cuando se vuelva a la normalidad? Deberemos tener en cuenta las grandes diferencias de cómo habrán vivido estas semanas nuestro alumnado. Cada niño o niña, cada chico o chica, llevará una experiencia diferente. Llevará en su mochila vivencias únicas. Tendremos que hablar de ello.
Tenemos los centros escolares cerrados y nos dicen que no podemos salir de casa a pasear con los niños, pero podemos ir a trabajar utilizando el transporte público y encontrarnos con muchas personas a la vez. ¿Es una medida eficaz? ¿Por qué no se hace como en Corea del Sur, donde no hay confinamiento pero se hacen las pruebas a todo el mundo? Cada persona que va a trabajar pone en riesgo toda su familia, toda la gente con la que convive. No sé si es la mejor medida para evitar el colapso de los centros sanitarios. Parece que no se atreven a poner en cuestión las ganancias de los empresarios: a los trabajadores les toca sufrir todas las consecuencias. Esperaríamos medidas más favorables a la mayoría de la población que ve peligrar su puesto de trabajo y debe seguir pagando alquileres, hipotecas, agua, luz, gas…

Quisiera comentar lo que nos toca más de cerca a los docentes. Ante el confinamiento en casa, muchos educadores están escribiendo e ideando alternativas para las familias que deben estar con los hijos e hijas sin poder salir durante, al menos, quince días. Son alternativas interesantes y útiles. ¿Para todo el mundo? ¿O sólo para las clases medias de nuestra sociedad?

Recordando mis años de trabajo en escuelas e institutos, no puedo olvidar aquellas familias que viven en viviendas de 40 metros cuadrados, en pisos donde conviven dos o más familias juntas, en aquellas madres solas con criaturas que están realquiladas en una habitación, con quien no tiene techo donde cobijarse, quien vive en una barraca… ¿Cómo pueden cumplir de manera saludable el periodo de confinamiento? Todo este abanico de situaciones reales abarca una parte muy grande de la población. Las clases sociales siempre están presentes.

Sigo pensando: se producen episodios de acaparamiento de productos, son efectos colaterales del confinamiento. Hay colas en los súper, peleas, nervios, discusiones… Hay miedos, desconfianza en las instituciones, en una parte importante de las personas que nos gobiernan, en una clase dirigente que, ante todo, defiende sus intereses económicos, ya que no importa la situación ni la salud de los más débiles.

El confinamiento en las condiciones que he expuesto provoca más agresividad, más nervios, discusiones intrafamiliares que se transmiten al exterior. Los adultos pueden tener sentimientos de culpa si han dejado, casi por fuerza, salir a sus hijos ante la imposibilidad de contenerlos o contenerse entre todos los miembros del grupo familiar. Se pueden sentir culpables de no proteger debidamente sus niños.

Las pérdidas de horas de clase no son preocupantes para los aprendizajes en la enseñanza obligatoria, pero también hay aquí las diferencias de clase social. Familias que pueden ayudar o animar a seguir leyendo, trabajando, investigando… y familias que no tienen ni las capacidades ni los recursos para hacerlo. La desigualdad social mantiene y aumenta las desigualdades de acceso a los aprendizajes. No todo el mundo tiene acceso adecuado a las tecnologías digitales.

¿Qué haremos cuando se vuelva a la normalidad? Diría que debemos tener en cuenta las grandes diferencias de cómo habrán vivido estas semanas (serán más de dos) nuestro alumnado. Cada niño o niña, cada chico o chica llevará una experiencia diferente. Llevará en su mochila vivencias agradables o desagradables, volverá contento porque habrá terminado el confinamiento (esto la inmensa mayoría), pero se notarán diferencias en su estado anímico.

Habrán sufrido más unos que otros. Habrán pasado más miedos, más angustias, más incertidumbres… según la realidad social de sus familias, según el tipo de vivienda donde han sido cerrados, según la alimentación que habrán podido alcanzar, según las incertidumbres de los adultos de su hogar (pérdida del trabajo, de ingresos regulares, miedo a desahucio…). La salud mental de todos se resentirá y la de los más vulnerables aún más.

También habrán podido descubrir la capacidad de solidaridad que tenemos las personas viendo las actitudes de ayuda mutua que se dan, viendo las iniciativas para mejorar la convivencia a pesar de las condiciones desfavorables. Quizás podremos comentar que ha disminuido la contaminación, que hemos sido menos competitivos, que no necesitamos tenerlo todo para vivir, que no siempre impera la ley de la selva entre las personas humanas, que hemos hecho frente a los miedos …

Todo esto lo provoca la llamada pandemia del coronavirus. Su repercusión es más grave que la estrictamente sanitaria o epidemiológica. Si la gripe española (se llamó así a pesar de tener poca incidencia en España) mató millones de personas, no fue por la agresividad del virus, fue por las condiciones de vida de aquellos años de la gran guerra europea.

La crisis que vivimos también traerá consecuencias. Quizás conseguirán que tengamos miedo al virus nuevo y desconocido. El miedo sirve a los poderosos por muchas cosas, porque no pensamos por nosotros mismos, porque vemos a los vecinos, a las otras personas, como enemigas, para buscar soluciones o alternativas milagrosas, incluso esotéricas. Nos hace perder confianza en nosotros mismos y con las personas cercanas, nos hace más dependientes y con menos capacidad de resiliencia.

La situación económica se resentirá: los pobres serán más pobres y los ricos aumentarán sus ganancias como en la crisis de 2008. El estado de alarma está alarmando de manera innecesaria a la población. Pero como hemos escrito más arriba podemos hacer frente al miedo con la solidaridad.
De todo ello tendremos que hablar con nuestro alumnado cuando lo reencontramos en las aulas. De todo ello podemos reflexionar desde casa mientras nos mantengan cerrados.


Fuente
por 
Joan M. Girona


jueves, 26 de marzo de 2020

«Esta crisis nos puede traer más conciencia de comunidad y menos individualismo»



  • La socióloga Marina Subirats atribuyó a una ‘utopía disponible’ el gran aumento del apoyo al independentismo que se ha vivido en Catalunya los últimos años. No ve, sin embargo, ninguna ‘utopía disponible’ a la que pueda recurrir la ciudadanía ante el shock social que está causando la epidemia de este coronavirus

¿Qué repercusión tendrá la pandemia del Covid-19 en nuestra sociedad, tanto en cuanto a mentalidad individual como colectiva? Queremos analizar su impacto a través de la opinión de analistas con reflexiones interesantes a aportar.

La socióloga Marina Subirats atribuyó a una ‘utopía disponible’ el gran aumento del apoyo al independentismo que se ha vivido en Catalunya los últimos años. No ve, sin embargo, ninguna ‘utopía disponible’ a la que pueda recurrir la ciudadanía ante el shock social que está causando la epidemia de este coronavirus.

Estamos ante una situación inédita para las generaciones recientes. Millones de afectados, miles de muertes por un virus que desde China se extendió a todo el mundo. Los gobernantes imponen a la ciudadanía que se quede en casa y sólo salga en ocasiones excepcionales e imprescindibles. No nos lo habían dicho nunca. ¿Están nuestras sociedades preparadas para digerir esta situación?
Si hablamos desde el punto de vista sanitario, se ha demostrado que no. No era previsible que esto tomara esta dimensión. Es normal que no estuviera a punto. No había modo de responder muy rápidamente. Uno de los problemas más graves es que faltan mascarillas, guantes…, que parecen cosas relativamente baratas y sencillas. Sanitariamente estábamos seguramente más preparados que otros muchos países pero no lo suficiente.
Si hablamos desde el punto de vista personal, la mayoría de la gente está respondiendo bien. Se demuestra que hay un nivel de civismo relativamente elevado y que ante una pandemia, una situación que tensa mucho todo el sistema y que es angustiosa, la mayoría de la gente está respondiendo con civismo. Es cierto que nos encontramos con personas que no reaccionan así y que cuesta entender porqué se comportan así. Este es un problema diferente, que no afecta a los otros, los forasteros, los pobres, los jóvenes… Nos afecta a todos. Desentenderse es absurdo.
Políticamente, la respuesta que está dando España y su gobierno está a buen nivel. No soy médico y no puedo opinar de los aspectos técnicos de cómo se está atendiendo la sanidad pero viendo cómo está respondiendo el gobierno, dando la cara, preocupado… Si lo comparamos con Estados Unidos, da la impresión de que aquí los poderes públicos han respondido mejor.

Cuando esta pesadilla pase ¿todo volverá a ser igual que antes o prevé cambios en la mentalidad individual y colectiva?
De una manera inmediata todo seguirá igual. La globalización se ha desarrollado a ritmos diferentes dependiendo de los ámbitos. Se ha desarrollado muy rápidamente en la economía. No se ha dado en la política, o mucho más lentamente. Y culturalmente no sólo no se ha dado sino que ha generado un repliegue nacionalista o localista. En muchos casos, vemos expresiones de extrema derecha que van en esta línea.
La gente tiene miedo de perder identidad y la extrema derecha lo aprovecha. Se puede producir un inicio de cambio cultural en el sentido de que la gente entienda que esto nos afecta a todos, que lo que ocurre en un lugar tiene importancia global. Tenemos el fenómeno del calentamiento global que ya estaba produciendo esta sensación. La reacción ante la pandemia va en este mismo sentido. La gente se va dando cuenta de que la deforestación de Brasil también nos afecta aquí. Se empuja así una conciencia global que estaba muy retrasada respecto a la economía y se necesita porque, si no, hay un desequilibrio enorme.

¿Es previsible que la globalización que hemos vivido los últimos años encalle o retroceda por miedo a nuevas pandemias como esta? ¿Veremos una globalización diferente?
Cuando vemos que ya no hay invierno, que llueve de una manera diferente, esto difunde la idea de que la Humanidad está haciendo algo mal respecto a la naturaleza. Con esta pandemia, lo mismo. Vemos las guerras pero decimos que suceden lejos. Veíamos el virus Ébola pero decíamos que pasaba en África, donde son muy pobres y viven muy mal. Cuando esto toca al centro del mundo occidental, Estados Unidos, Europa, vemos que lo que pasa en China nos afecta plenamente. El mundo se ha hecho muy pequeño, todos participamos de todo y un problema generado en un lugar repercute en otros lejanos. Esto nos llevará a esta conciencia global que hasta ahora no se ve.

Hablamos mucho de globalización pero los afectados y los muertos nos impresionan más cuanto más cerca los tenemos. Los países actuales, las fronteras vigentes ¿siguen siendo la forma más acertada de organizar las comunidades humanas?
Cambiarán, pero no al día siguiente. La tendencia será ir hacia poderes supranacionales y a la vez poderes locales. Las fronteras que hemos conocido, que nos parecían inamovibles -España, Francia, Italia, etc.-, se irán diluyendo e irán apareciendo las de tipo Unión Europea por un lado y las de poderes locales, por otro, una descentralización, sea a escala de países, como Catalunya, o a nivel municipal. Las grandes ciudades están tomando una personalidad propia en el mundo. Iremos hacia un nivel más grande y uno más pequeño y el intermedio tenderá a diluirse. No se puede decir ni cuándo ni cómo porque hay muchos intereses en mantenerlo todo tal como está.

En la crisis de 2008 se llegó a decir que había que cambiar el sistema capitalista que la había gestado. No se ha hecho. ¿Esta nueva crisis la digerirá también el capitalismo sin problemas?
Esta crisis no cambiará el capitalismo. El capitalismo está en una etapa muy tóxica y muy negativa para la Humanidad. Crece la conciencia de que está en la base de los desastres que vemos (no en el caso del coronavirus, probablemente, pero sí en el ecológico y la desigualdad). Al mismo tiempo, no tenemos recambio y eso impide que desaparezca o que vaya extinguiéndose. Nos hemos quedado sin recambio. Durante una época había el equilibrio del terror. Los que querían huir del capitalismo iban al socialismo y al revés. Había una ‘utopía disponible’. Ahora tenemos utopías pero disponibles, no. Son utopías que alguien inventa pero no suficientes para que la gente crea que son posibles. Si tienes un vestido viejo y no tienes ninguno nuevo no te lo quitarás, aunque esté roto o hecho un asco. Esto es lo que está pasando con el capitalismo. Seguramente pasará mucho tiempo hasta que tengamos una manera de organizarnos diferente no sólo con ideas sino con un funcionamiento al que la gente se vaya adhiriendo. El capitalismo no desaparecerá de forma inmediata. Otra cosa es que cada vez hay más gente que piensa en su recambio.

Después de un derrumbe de estas proporciones, ¿tambaleará nuestro sistema de valores? ¿Cambiarán nuestras prioridades sobre lo que es importante en la vida y lo que no?
En general, no. La gente no vive demasiado bien quedarse en casa con la familia. Necesitamos rutinas y mucha gente está deseando volver a las rutinas. No sientes decir que la gente está contenta de poder estar con los hijos. Más bien, se quejan. Por lo tanto, cuando esto acabe, los niños volverán contentos a la escuela y los padres y las madres volverán contentos al trabajo y lo recordarán como algo que nos pasó una vez. No nos hará cambiar en cuanto a vida personal. Al día siguiente no haremos cosas diferentes de las que hemos hecho siempre. Lo que sí es cierto es que cada vez hay más conciencia de que podemos acabar con la vida sobre la Tierra.

La solidaridad entre personas y comunidades, la fraternidad humana y territorial ¿saldrá fortalecida o debilitada de este episodio?
Seguramente se establecerá una solidaridad mayor a nivel más local. Las salidas al balcón a las ocho de la tarde para aplaudir a los sanitarios o a golpear cacerolas contra el Rey, la gente que se ocupa de los vecinos que están solos y les llevan comida…, esto puede ayudar a romper las barreras psíquicas. Ahora casi no preguntábamos por la vida de nuestros vecinos. El nivel de solidaridad de la comunidad, de la escalera, de la calle, aumentará. Las personas hablarán más entre ellas a partir de ahora. Al menos, durante un tiempo. A nivel global, no. China está dando una lección. Ha pasado su enfermedad y trata de ayudar a los demás, les lleva material, técnicos… En Europa, solidaridad poca, y la Unión Europea tampoco ayuda a que se establezca esta solidaridad.

Que la dureza con que la dictadura china respondió al estallido de la epidemia se haya mostrado eficaz para contenerla ¿hará que la gente pierda confianza en los sistemas democráticos para hacer frente a emergencias como la que estamos viviendo?
No. Nadie quiere volver atrás y perder libertades. Se ha estimulado mucho el individualismo en el mundo occidental. Creemos que tenemos derecho a todo. Los derechos conllevan deberes y de los deberes no se habla nunca. En China han tenido durante mucho tiempo pocos derechos y muchos deberes. Es una población muy disciplinada. El tamaño de esta población es tal que o son disciplinados o no saldrían adelante. Hace falta que vayamos adquiriendo la idea de globalidad, que adoptemos otra actitud, pero eso no quiere decir que queramos una dictadura sino que pasemos del individualismo a una idea más comunitaria. Con una decisión voluntaria más que impuesta.

¿La dicotomía público/privado se reordenará después de esta experiencia? Ha quedado claro que la vida de las personas depende de la sanidad pública
Espero que sí. La privatización de la sanidad en Madrid y los recortes en Catalunya estamos viendo el desastre que significan. Menos mal que tenemos muy buena gente y muy dedicada en el mundo sanitario. La gente no está fallando. Está fallando la infraestructura. Esto tendrá un impacto político. Pedro Sánchez, en su discurso en el Congreso medio vacío, volvió a nombrar elementos socialdemócratas. Habló de reforzar la socialdemocracia, cuando había quedado arrinconada durante los últimos años. Se ha ido desmontando el estado del bienestar, atacándolo, poniéndolo en duda, poniendo en duda las pensiones… Es muy posible que la idea socialdemócrata vuelva a aparecer y sea una apuesta importante con el apoyo de la gente. La idea de que puedes ser un individuo que va por su cuenta y hace lo que le da la gana se aguanta pensando que todo funciona muy bien y que si hay algún problema alguien lo resolverá. Cuando vemos que esto no es así, que el sistema tiene debilidades, debemos preocuparnos más para que funcione. Quizás habrá una cierta retirada del individualismo y una exigencia mayor por reforzar lo público y las políticas socialdemócratas.

Las distancias entre personas acomodadas y vulnerables, entre países ricos y empobrecidos ¿aumentarán después de este episodio?
Esta dinámica viene del capitalismo. Mientras al capitalismo no le encontramos un sustituto no lo cambiaremos. Necesitamos una izquierda que dé otro tipo de mensajes y plantee otros escenarios. Entonces, tal vez la gente la apoyará y se podrá pasar a otro nivel. Mientras no sea así hay unos grupos poderosos que tienen las palancas del capital. ¿De qué se ha hablado estos días? De los aspectos médicos y de los económicos. Nadie ha hablado del miedo a que nos quedemos sin suficiente población o de otros problemas posibles. La pérdida de clases por parte de los niños y de los estudiantes se ve como un problema secundario. La gran preocupación es la economía. Sigue mandando la economía y está en manos de esta clase corporativa. A corto plazo no cambiará.

¿Necesitamos más que nunca unas Naciones Unidas potentes que tengan un peso determinante en las decisiones que afectan al conjunto de la Humanidad, como las relacionadas con el control y lucha contra esta pandemia o es una aspiración inútil, utópica? La Organización Mundial de la Salud ha declarado la pandemia pero las decisiones para combatirla parecen ser cosa de cada Estado por su cuenta
Las Naciones Unidas están en manos de estos grupos financieros. Nunca es directamente pero están sometidas a los grupos dominantes y, además, de manera creciente. Yo he ido observando los temas de feminismo y mujeres porque tuve relación con Naciones Unidas hace 25 años por esta cuestión y ha ido a peor. Lo que se hizo de feminismo en Naciones Unidas entre 1975 y 1995 hoy no se puede hacer por cambios en el punto de vista político. Naciones Unidas no es independiente, como tampoco lo es la Unión Europea. ¿Quién manda allí? ¿Quién tiene la fuerza para imponer unas directrices? Hay gente que pide una autoridad mundial. Para mí, no. La autoridad más mundial que tenemos en estos momentos puede ser el presidente de Estados Unidos y ya vemos qué tipo de desastre es. Con una autoridad mundial las imposiciones y las desigualdades probablemente crecerían. Mientras no haya una democratización real de la población y más criterios políticos, reforzar los grandes organismos es correr el riesgo de empeorar.
Lo mismo ocurre con la Unión Europea, que, en este momento, podría haber dado un salto adelante y en cambio se está deslegitimando ante la población. Al final, ha aprobado unos pequeños cambios económicos pero la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha sido decepcionante. Estas grandes organizaciones dependen mucho de en qué manos están y mientras estén en las de los gerentes del capitalismo no podemos esperar que se pongan al frente de mejoras para todos.

No hay ‘utopías disponibles’…
Utopías hay, pero disponibles, no. Hablé de ‘utopía disponible’ al hablar de la independencia de Catalunya. De alguna manera, este tema ha estado inscrito en la historia catalana desde la Renaixença. Es una idea subyacente, que aparece en muchos momentos y en los últimos tiempos se había hecho más visible. Cuando baja el impulso de la izquierda como utopía, en el caso de Catalunya surge esta otra. Que estaba disponible significa que estaba en la mente de mucha gente y que se vendió como si fuera rápidamente posible. No tenemos una utopía disponible de recambio del sistema económico y del capitalismo. La gente lo vive con angustia. Pedro Sánchez dijo el otro día que tenemos que revisar todo el sistema sanitario. Ya sería mucho si, a partir de ahí, sale reforzado el sistema sanitario y se crea esta conciencia de comunidad más elevada. Por otro lado, no tenemos unos objetivos colectivos entusiasmantes que puedan hacer que todo esto desemboque en una mejora.

¿2020 será un año muy importante en la historia de la Humanidad a raíz de esta pandemia?
No creo. Todo va tan deprisa que una cosa borra otra. En 1918 fue lo que se llamó ‘gripe española’ (que parece que de española no tenía mucho), murió muchísima gente y alguna vez se hace referencia a ella pero ese año se recuerda más por el fin de la Guerra Mundial. Cuando se derrumbaron las Torres Gemelas en Nueva York pareció que sería la fecha del siglo, que todo el mundo lo recordaría siempre pero el paso del tiempo no lo ha confirmado.
Personalmente, recordaremos estos días diferentes, en los que hemos roto las rutinas. Los niños y niñas recordarán aquellos días que estaban en casa y tenían a los padres a su disposición. Cuando salgamos de esto habrá las elecciones catalanas, cambiaremos de tema y volveremos a los temas de siempre. Y luego habrá otra cosa. Y así sucesivamente. A menos que esta pandemia sólo sea un primer episodio y se vaya repitiendo. Entonces sí marcaría mucho. Si ahora pasa y en dos o tres meses se liquida, dentro de un año lo recordaremos pero tampoco será muy fuerte.

¿Personalmente, qué la está impresionante más de esta crisis?
Yo hago una vida bastante de estar por casa trabajando, supongo que como toda la gente que nos dedicamos a escribir y leer. Necesitamos nuestro espacio. Se han suspendido los compromisos de viajes, conferencias, no voy al cine, no salgo a la calle… Me interesa ver cómo va reaccionando la gente. Los sociólogos no podemos hacer pruebas en los laboratorios. Si queremos estudiar la sociedad, situaciones como esta son experimentales, muy interesantes.


por 
Siscu Baiges
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miércoles, 25 de marzo de 2020

El impacto educativo del virus también tiene clases sociales»


  • Luz Martínez Ten se considera una «optimista impenitente». Por ello ve el momento actual como una oportunidad única en distintos frentes. A corto plazo, asegura, el cierre escolar podría aumentar la brecha social del alumnado, pero cuando todo pase, la Pública saldrá fortalecida. En su opinión, el confinamiento va a servir, además, para seguir extrayendo de la tecnología todo su potencial innovador e igualitario.
Es esta una entrevista que iba a tener lugar en persona y tuvo que realizarse por teléfono. Que en principio iba a abordar, con motivo del 8-M, los temas predilectos de Luz Martínez Ten (feminismo e interculturalidad) y tuvo que ampliar el espectro para no parecer una burbuja fuera del tiempo y del espacio.
Nacida en Madrid en 1960, Martínez Ten ha consagrado su carrera al ideal de la igualdad. De derechos reales entre hombres y mujeres. De oportunidades sin importar el origen social. En el respeto a herencias culturales diversas. Caminos convergentes donde la escuela pública -ha insistido en tantos escritos e iniciativas- debe ser siempre el asfalto que permite acelerar y rodar firme.
La madrileña ocupa desde 2015 la Secretaría de Mujer y Políticas Sociales en la Federación de Empleados/as Públicos/as de UGT.

Escuchando algunas opiniones, parece que el 8-M fue el origen de todos los males, que estamos como estamos porque la gente salió ese día a la calle a manifestarse. ¿Hay machismo en esta fijación?
Para sectores de la derecha supone una justificación perfecta para atacar al movimiento feminista, sin necesidad de admitir que no creen en la igualdad.

¿Se tenían que haber cancelado las manifestaciones?
¿Y todos los actos y contactos sociales que tuvieron lugar esos días? ¿Estaba el país cerrado? Era difícil prever que en una semana el brote iba a ser tan virulento.

Sabemos que la gran desigualdad educativa se origina fuera de la escuela. ¿Va a aumentar el confinamiento la brecha entre los alumnos con mejores y peores condiciones para el aprendizaje?
Es evidente. Las situaciones en casa son muy distintas, a nivel material y cultural, la costumbre de leer, etc.Y más teniendo en cuenta que muchas de las personas a las que no les queda otra que moverse trabajan en ayuda a domicilio, en residencias, en limpieza… Sus hijos e hijas van a tener más dificultades para ser atendidos en el hogar. El impacto educativo del virus también va a tener clases sociales.

¿Cuáles deben ser las prioridades educativas?
Hemos de aprender de entornos, como el rural, donde el aislamiento ya había obligado a poner en marcha iniciativas muy enriquecedoras de educación a distancia. Y no se trata de impartir clases teóricas a través de la pantalla, sino de proponer metodologías que pongan en manos de los alumnos la capacidad de investigar, analizar, crear, generar redes de discusión. Estamos ante una oportunidad de avanzar hacia la innovación.

Algunas empresas de enseñanza online ya se han apresurado a proclamar que, con o sin coronavirus, la institución de la escuela presencial se estaba quedando obsoleta. Los autores de Clase disruptiva vislumbraban en 2010 un futuro sin aulas físicas en un periodo de 20 años.
En absoluto hay que sustituir el espacio físico por el virtual. Pero sí tenemos que enseñar a los alumnos a utilizar internet para crear sociedad, y no obviar que quienes tienen identidades físicas y virtuales miméticas. Hay que explorar las posibilidades para crear una pedagogía realmente activa desde la convivencia presencial y también desde la virtual. Pienso, además, que este es un buen momento para avanzar hacia la igualdad de oportunidades entre el alumnado con alguna discapacidad o que esté en zonas rurales.

¿Temes que cuando volvamos a la normalidad se utilicen las consecuencias económicas como coartada para recortar en educación?
Sí, mucho. Pero aquí se está produciendo un doble discurso. Por una parte, probablemente estemos en la antesala de una crisis económica, y el mercado podría aprovecharla para restar derechos en la enseñanza pública. Al mismo tiempo, se está poniendo encima de la mesa la importancia de tener administraciones públicas que cuenten con cimientos de equidad. Hay una conciencia creciente de que, sin estos servicios públicos fuertes que hemos ido construyendo entre todos, nos habríamos ido al más allá. Solo si unimos esfuerzos y cedemos al colectivo conseguimos afrontar situaciones como esta.
No deja de ser curioso que ese esfuerzo colectivo demande que permanezcamos, más que nunca, aislados, atomizados, al menos físicamente. ¿Podría ahondar esta crisis en las tendencias individualistas de las sociedad occidentales?
Soy una optimista impenitente, por naturaleza. Y por eso soy sindicalista, porque creo en lo colectivo como la mejor forma de cambiar las cosas. Lo que observo estos días es la búsqueda de los demás, que es lo que hacemos cuando salimos a los balcones a aplaudir. Ayer mismo me dejaron una nota debajo de la puerta las vecinas preguntándome si necesitaba algo. Los seres humanos tenemos esta capacidad de responder de manera solidaria en situaciones de crisis. Y se echaba de menos esto. El neoliberalismo nos ha vendido que solos podemos sobrevivir; ahora nos hemos dado cuenta de que no.

Hay también algo de paradójico en que el confinamiento personal y la búsqueda de lo colectivo se estén retroalimentando.
Y también mucho de épico, que es lo que emerge en situciones de crisis. La necesidad de creer que juntos podemos solucionarlo es lo que ayuda a salir adelante. Épico es lo que está haciendo el personal sanitario, pero también las cajeras de supermercado, quienes limpian las calles, o atienden las farmacias. En estos momentos puede salir lo peor y lo mejor de nosotros, y creo que en España, por fortuna, tenemos un germen solidario muy positivo.

Hagamos un esfuerzo por abstraernos del monotema. Volviendo a uno de tus campos predilectos, te pido un ejercicio de máxima síntesis para destacar lo mejor que se está haciendo en la amalgama de iniciativas hacia una educación no sexista.
Es muy interesante que cada vez se analice con más detenimiento por qué sigue existiendo un fuerte sesgo de género, por ejemplo, a la hora de elegir o no opciones STEM. Un fenómeno sobre el que abundan las investigaciones, muchas enfocadas a la propia estructura curricular. O por qué muchas chicas frenan sus carreras a pesar de haber sido excelentes estudiantes. También hay muy buenos ejemplos de campañas de prevención de la violencia de género desde edades tempranas, aunque aún sigan teniendo casi siempre un papel marginal, poco sistemático. Sería importante también que empezáramos a enfocar el problema desde lo positivo, enseñando a amar bien. Los chavales ya saben lo que está mal, pero la razón y la emoción no siempre coinciden. Deberíamos trabajar desde la emoción para enseñar a querer bien.

Volvemos a la dicotomía bien/mal del ser humano, y a que determinadas condiciones favorecen que emerja lo uno o lo otro.
La investigación nos dice que niñas y niños no son racistas ni sexistas ni homófobos. A partir de cierta edad, aprenden a serlo absorbiendo lo que les dice el entorno y empezando a calificar. Hay que educar en valores desde las primeras edades, y en las etapas críticas, durante la adolescencia, cuando aparece el primer amor, etc. hay que enseñar qué son los buenos tratos y a amar en positivo.

Se habla cada vez más de educar en valores, de cultivar la dimensión psicoemocional del alumno, pero al mismo tiempo parece que la educación vive una deriva utilitarista en el peor sentido, de corte economicista ortodoxo.
De alguna forma, la educación se está convirtiendo en un servicio de mercado, y es terrible. Hay cadenas internacionales de centros para élites, como un Burger King escolar, que venden a las familias que sus hijos van a tener un situación económica privilegiada, cuando tendríamos que educar, ante todo, ciudadanos, y ahí se incluye, claro, una vida profesional acorde con nuestros intereses y motivaciones. Deberíamos retomar una educación humanista con principios como los que estuvieron activos durante la Segunda República, cuando la escuela buscaba el desarrollo integral de la persona, que trabaja pero también ama, disfruta de la vida… Si todo está orientado al mercado, estamos educando jóvenes enormemente desgraciados y desgraciadas, empujándoles a elegir profesiones exitosas, aunque no les gusten.

Antes hablabas, en esa elección del futuro profesional, del sesgo de género en las opciones STEM. ¿No acaban de funcionar los programas para atraer a más chicas?
Marina Subirats, que ha estudiado mucho este tema, plantea que vamos adquiriendo los roles y esterotipos de género desde los primeros años. Y que -como ahora sabemos gracias a la neurociencia- el cerebro es increiblemente dúctil en cuanto al aprendizaje por reproducción. Si vamos dirigiendo a los niños a juegos de lógica y espaciales, y a las niñas a los cuidados, esto va configurando tanto la propia capacidad de aprendizaje, como tu mayor seguridad en campos donde te resulta más fácil moverte. Y, al final, influye tanto en las elecciones concretas como en la relación entre proyección vital y profesional. A los 6-7 años, normalmente las niñas ya se ven trabajando y formando una familia con hijos, mientras que los chicos imaginan solo su vida profesional. De nuevo, si queremos una auténtica educación en igualdad, hay que empezar antes.

Parece que en algunos sentidos vamos para atrás. Por ejemplo, las presión creciente que sufren las chicas, desde la primera adolescencia, en términos de imagen: maquillaje en cuanto salen de casa, obligación de ir monas a todas horas… Ocurre también entre los chicos, pero percibo una intensidad infinitamente mayor entre las chavalas.
Los modelos de ser mujer van cambiando con la historia. En estos momentos, la producción en torno a la imagen y la hipersexualización del cuerpo femenino son mecanismos del mercado. La ausencia de una formación en ética y autocuidado nos lleva a que se comercialicen estos espacios para traducirlos en dinero. Habría que enseñar a aceptar y querer nuestros cuerpos; quizá entonces chicas y chicos dejarían de intentar emular ideales, de pedir por ejemplo un aumento de pecho al terminar la universidad. Me da mucho miedo ese estímulo permanente del deseo de tener cuerpos inexistentes.

¿Resulta difícil introducir estas cuestiones en la escuela? No pocos dirán que aquí hablamos de elecciones libres y personales. Incluso, retorciendo cierto argumentario feminista, que la mujer siempre divina en realidad está «empoderada».
Todo forma parte de un sistema capitalista que ha logrado confundir deseos con derechos, poner al deseo por encima del propio bienestar. Aquí surgen cuestiones éticas y posibles límites al mercado. ¿Es ético que una chica de 16 años se opere el culo para tenerlo de tal forma? ¿Debemos permitirlo? Hay que pararse y reflexionar, en la escuela y en otros ámbitos, para que las nuevas generaciones puedan analizar e identificar esa manipulación que transforma derechos en deseos. Sin esa reflexión consciente -y con el bombardeo constante de publicidad, los likes en las redes sociales etc- resulta muy difícil escapar a estas presiones.

Has escrito mucho sobre cómo abordar conjuntamente interculturalidad e igualdad de género. Me surge una duda recurrente: ¿Cómo aunar ambos objetivos cuando la tolerancia y el respeto por otras culturas colisiona con patrones claramente machistas?
Desde una pedagogía feminista, el relativismo cultural tiene sus límites cuando choca con la dignidad de las mujeres, del ser humano en general. Por suerte, en este país tenemos un marco legislativo que establece esos límites. Pero esto no es incompatible con algo evidente: la igualdad se aprende. Desde el respeto, la convivencia y la igualdad de oportunidades. Cuando yo era pequeña, mi madre llevaba velo para ir a la iglesia. Y en mi casa, cuando mi padre (que era un hombre estupendo) hablaba, todos nos callábamos. Poco a poco, en mi familia fuimos aprendiendo a cambiar a través de la reflexión y la conquista de derechos. En ese aprendizaje, la escuela actual, donde conviven chicos y chicas con diversas herencias culturales (algunas con elementos machistas, españolas o de fuera), se antoja un entorno muy positivo. Sobre todo, ahora que hemos pasado de la llegada a la ciudadanía. Al principio, cuando las aulas españolas empezaban a ser interculturales, se celebraban jornadas tipo el día del chino, el día del africano… Y no se trata de eso, sino de trabajar la igualdad de derechos en la diversidad, construyendo identidades seguras.


por 
Rodrigo Santodomingo

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