sábado, 23 de noviembre de 2013

¿Es posible que la escuela construya un nuevo orden social?

¿Es posible que la escuela construya un nuevo orden social? La pregunta, planteada desde la óptica de una formadora de docentes, nos deja una respuesta que nos lleva a reflexionar sobre nuestra praxis docente ¿Qué podemos hacer ante una realidad que se muestra omnipresente, y hasta “natural”?


Los tiempos que corren se nos presentan atravesados por leyes de libre mercado globalizadas que consolidan configuraciones políticas de democracias formales y la presencia omnímoda de medios de comunicación y de desarrollos tecnológicos que constituyen un escenario de desigualdad e injusticia cultural, social. En este contexto formamos en nuestras universidades a los profesionales que vamos a compartir estos contextos. Muchos de nuestros graduados se paralizan, les inmoviliza la situación y, aumentan los niveles de sufrimiento personal e institucional. De allí que las instituciones formadoras repensemos la responsabilidad de promover una formación que pueda comprender el contexto para intervenir con posibilidades genuinas interrumpiendo ese mandato hegemónico “no poder” naturalizado en las perspectivas neoliberales.

Cuando Philippe Meirieu en Cartas a un joven profesor se pregunta ¿por qué enseñar hoy? Nos ofrece posibilidades de luchar contra toda forma de exclusión; asegurar la enseñanza a los más desfavorecidos en el marco de una “escuela justa” para propiciar la comprensión de aquello que les sucede (desnaturalizar la realidad social y educativa) y propiciar la construcción de los conocimientos básicos de la ciudadanía.

¿Podemos pensar en la formación desde esta responsabilidad? ¿Cómo consolidar una justicia curricular que ofrezca herramientas para la resistencia y desnaturalización? ¿Cuál es el rol de los docentes? ¿Cuál es el rol docente como activista, como investigador tendiente a una sociedad más justa? Con estas preguntas comenzó Michael Apple su seminario en la Universidad de La Pampa señalando que considera un error epistemológico y político el dividir el rol de activista del de académico crítico en educación dado que no hay un espacio perfecto y neutral en nuestro trabajo de los profesores. De allí que ante la pregunta de cuál es nuestro rol, nuestro papel, como docentes, como activistas, como investigadores, tendiendo a una sociedad más justa, propone analizar nueve tareas:


La primera es describir la realidad críticamente. Nuestra tarea es decir la verdad, pero la verdad es un significante complejo porque hay múltiples visiones. Pero por otra parte hay una materialidad donde la existencia de las personas está siendo destruida. En tanto y en cuando nosotros no ayudemos a las personas a describir esa realidad, nosotros estamos actuando de manera que se reproduce la dominación y la subordinación.


Debemos ser autoreflexivos, reflexionar acerca de las contradicciones. En la segunda tarea, consiste en mostrar espacios para la acción, desarrollar trabajo contrahegemónico. Nuestra tarea no es solamente escribir la realidad críticamente, también encontrar, examinar espacios de acción dentro de la escuela y fuera de la escuela.

La tercera tarea es actuar como secretarías críticas y el término crítico es crucial aquí. En escuelas y en comunidades en Argentina y en el mundo, las personas están participando en interrumpir formas de dominación. Y nuestra tarea es hacer esto visible de manera que los discursos e imágenes de la realidad que circulan también puedan documentar el poder de las luchas en contra de la dominación, que se pueda entender que el mundo puede ser transformado.


La siguiente tarea es devolver nuestro conocimiento experto. Porque estamos parados sobre los hombros de gente que nos está permitiendo estar aquí. Entonces el conocimiento que nosotros dominamos tiene que ser devuelto a las comunidades locales, a los docentes y a los activistas comunitarios, por dos razones: primero porque tenemos que poder ser criticados nosotros mismos, en segundo lugar es para no cometer un suicidio de clase. Nosotros somos pagados con el plus valor de la vida de la gente, nuestro trabajo es pagado con la plusvalía del trabajo de la gente. Ellos ya nos han pagado para que aprendamos cosas. Nuestra tarea es devolverlo. Además, mucha de la literatura crítica deja de lado que tenemos mucho para aprender. Entonces devolvamos lo que conocemos.


La quinta tarea es mantener las tradiciones críticas vivas de modo crítico. En especial las que remiten a políticas de redistribución y las políticas de reconocimiento. Entender así cómo operan la clase, la raza, el género en nuestras vidas, violencia simbólica, mediante.

La próxima tarea es desarrollar nuevas habilidades. Debemos aprender a hablar en diferentes registros. Tenemos que encontrar maneras de hacer escuchar nuestros argumentos.

La séptima tarea sería ayudar a construir comunidades críticamente democráticas en la vida personal. Aquí la principal tarea es advertir que no podemos ser críticos de la realidad y actuar como si nada pasara.


Otra tarea que planteada es actuar como un mentor. Si en nuestra enseñanza actuamos con dominación, reforzamos el modelo. Acá es fundamental que nuestra tarea no es sólo comprender, sino intervenir.


Para finalizar mencionando que sería tarea como docentes y activistas la posibilidad de usar nuestros privilegios para cambiar el orden en nuestro propio trabajo.


Estas nueve tareas tienen una función especular que obliga una mirada al interior de las instituciones formadoras, al sentido de la tarea y a las posibilidades de hacer más política la organización de la universidad pública contemporánea.



Extraído de
¿Es posible que la escuela construya un nuevo orden social?
Autora: María Graciela DI FRANCO
Revista Praxis (marzo 2011 - febrero 2012)

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