martes, 30 de junio de 2015

Objetividad, subjetividad en el pensamiento de Paulo Freire

¿Cuál es la alternativa para un futuro mejor? ¿Qué significado tiene la idea de “diálogo”? ¿Legitimidad democrática o legitimidad de la fuerza?


Si no es posible desconocer, por un lado, que son estas condiciones materiales de la sociedad con que se gestan la lucha y las transformaciones políticas, no es posible, por el otro, negar la importancia fundamental de la subjetividad en la historia. Ni la subjetividad hace, todo poderosamente, la objetividad, ni ésta perfila, inapelablemente, la subjetividad. En mi opinión, es imposible hablar de subjetividad a no ser que fuese entendida dentro de su relación dialéctica con la objetividad. No hay subjetividad en la hipertrofia que la hace realizadora de la objetividad ni tampoco en la minimización que la entiende como reflejo puro de la objetividad.” (Pedagogia da indignação).

En eso él mismo nos dio un hermoso ejemplo. Paulo retomaba con frecuencia los mismos temas. Hay algo que permanece constante en su pensamiento: su preocupación ética, su compromiso con los “condenados de la Tierra” (Pedagogía del oprimido), con los “excluidos” (Pedagogía de la autonomía). Su punto de vista siempre fue el mismo. Lo diferencia es el énfasis en ciertas problemáticas que, estas sí, se van diversificando y evolucionando.

En 2002, estuve en la Universidad de California, Los Ángeles (Ucla), durante la celebración del II Foro Paulo Freire, y hablé de dos perspectivas opuestas de mundo, de humanidad. Perspectiva significa “punto de vista” que es la vista de un punto, de un lugar. De ahí escogí como perspectivas las de dos lugares: la de Washington y la de Angicos.
Paulo Freire nos alentaba leer el mundo. Leemos el mundo a partir del espacio, del lugar donde nos “ubicamos”, usando una palabra española cargada de significado. No se trata de un lugar fijo, pues siempre estamos en camino, en movimiento. Nuestro punto de vista siempre determina nuestra visión del mundo. No es casualidad que nuestros puntos de vista sean tan diversos y hasta antagónicos. Nos ubicamos en muchos lugares. Esa diversidad es la riqueza de la humanidad. Sin ella no habría cambio; el mundo sería estático, eternamente inmutable, sin sentido, sin perspectiva. El respeto por la diversidad no es sólo una exigencia ética. Es una condición de la humanidad. Es una condición sine qua non para el avance de la humanidad misma.

Paulo Freire nos hace soñar porque hablaba a partir de un punto de vista que es el punto de vista del oprimido, del excluido, a partir del cual podemos pensar en un nuevo paradigma humanitario, civilizatorio, el sueño de otro mundo posible, necesario y mejor. Entonces, ¿por qué hablo de la perspectiva de Washington versus la perspectiva de Angicos? ¿Por qué no hablar de la perspectiva del opresor y del oprimido —como decía Paulo Freire— del colonizador y del colonizado, del globalizador y del globalizado?

Hablo de Washington como metáfora, como símbolo de un poder, de una política, de una visión de mundo, de un punto de vista. Angicos fue la ciudad donde Paulo Freire tuvo la experiencia más importante con su método pedagógico. Fue a partir del éxito obtenido en Angicos, en 1963, que fue conocido en el mundo.

Actualmente Angicos y Washington pueden ser tomados como metáforas de dos paradigmas civilizatorios. Incluso haciendo un análisis dialéctico – unidad y oposición de contrarios – de esos dos puntos de vista, entre ellos hay una irreductibilidad de fondo, como existe entre guerra y paz, entre poder militar y poder de la utopía, entre fundamentalismo y diálogo.

Contradicciones existen en todo. Por eso existen cambios. Al proponer esta reflexión sobre estas dos vías opuestas de humanidad, no tenemos la intención de defender tal irreductibilidad. Al contrario, procuramos superarla dialécticamente para que en el “otro mundo posible” no exista tanta hambre y tanta pobreza como en la actualidad, sustentadas por guerras y fundamentalismos. La belleza de la diversidad no debe ser confundida con la brutalidad de la miseria frente a la riqueza.

Estamos ante la opción de escoger entre diálogo y guerra, y Paulo Freire nos puede ayudar a encontrar un camino más seguro. Contra la visión necrófila del mundo que opone un fundamentalismo a otro fundamentalismo, que lleva a la depredación ambiental, a la violencia, que suscita y alimenta el terrorismo (político, económico, religioso, militar, de Estado...) existe otra visión, una visión biófila que promueve el diálogo y la solidaridad. Por difícil que sea esta vía, es la única capaz de evitar la guerra, la barbarie y el exterminio.

El terrorismo no puede impedirnos pensar con claridad. —¿Cuál de los dos puntos de vista es lo más verdadero?
— El punto de vista del oprimido es más verdadero que el punto de vista del opresor porque el oprimido no tiene nada que esconder, mientras que el opresor necesita esconder su juego, sus mañas y artimañas, para seguir oprimiendo. Sin embargo, Paulo Freire advertía que el oprimido no se liberará si no se libera su opresor. La alternativa para un futuro mejor para la humanidad no es la eliminación del enemigo, sino la superación de la contradicción entre los dos.

Paulo Freire también insistía en que el diálogo entre antagónicos no es posible. Lo que hay entre ellos es conflicto. En el mejor de los casos puede haber un pacto. Entonces, ¿cómo hablar de diálogo? ¿Es posible dialogar con un terrorista? No, no hay diálogo con el terrorismo porque el terrorismo es la negación misma del diálogo. Es por eso que el diálogo tiene que establecerse antes, hay que actuar antes sobre las causas y no a posteriori. Debemos prevenir el terrorismo, actuando sobre sus causas. El diálogo tiene que establecerse antes de que ocurran los actos de terrorismo. En sus raíces, el diálogo debe ser radical. El terrorismo debe ser prevenido. Tenemos que asegurarnos de que no prevalezca sobre el diálogo.

Ya el diálogo no es una opción política. Hoy en día el diálogo es un imperativo histórico y existencial. La alternativa al diálogo es el terrorismo, es la globalización de la crueldad, es la guerra. Ambas posibilidades están presentes en la coyuntura actual: por un lado, la legitimidad democrática y, por el otro, la legitimidad de la fuerza.

Es más: es necesario ampliar nuestro punto de vista. Tenemos que ver a la Tierra desde lejos, en su totalidad, en su planetariedad, como una comunidad única. Todavía pensamos en bloques de naciones contra otros bloques de naciones: Comunidad Europea, bloque de Japón, bloque de los Estados Unidos, de China... característicos del modelo de fragmentación neoliberal. Estos bloques estimulan la competitividad sin solidaridad y las máquinas de guerra contra la vida. Al contrario, tenemos que pensar en la cultura de la paz y de la sustentabilidad, pensar globalmente, planetariamente, en favor de toda la comunidad de vida.

En fin, debemos salir de una visión antropocéntrica para cultivar una visión holística, fundamentada en una referencia ética planetaria, por encima de géneros, especies y reinos. Paulo Freire nos hablaba en su último libro de una “ética del género humano”, apuntando hacia el sueño posible de una humanidad unida en torno a un objetivo común de justicia, paz y prosperidad para todos. Ese es el sueño. Se trata de hacer que sea viable históricamente.

El poder de la obra de Paulo Freire no está tanto en su teoría del conocimiento, sino en el hecho de haber insistido en la idea de que es posible, urgente y necesario cambiar el orden de las cosas. No sólo convenció a mucha gente en muchas partes del mundo con sus teorías y prácticas, sino que también despertó en ellas la capacidad de soñar con un mundo “más humano, menos feo y más justo”. Fue una especie de guardián de la utopía. Ese es el legado que nos dejó, un legado que, por encima de todo, es un legado de esperanza.

Como tierno guerrero de las palabras, Paulo Freire criticó, atacó la ética del mercado neoliberal, pero tenía la esperanza de sustituirla por una ética humana integral. Creía en la historia como posibilidad y no como fatalidad. Darle continuidad a Freire no es tratarlo como un tótem, algo que no se puede tocar, sino sólo adorar; no es tratarlo como un gurú, que tiene que ser seguido por discípulos, sin cuestionarlo. Nada menos freireano que esta idea. Paulo Freire fue, sobre todo, un creador de espíritus. Por eso debe ser tratado como un gran educador popular. Adorar a Freire como un santo significa destruir a Freire como educador. Por eso no debemos repetir a Freire, debemos “reinventarlo”, como él mismo decía. Para él la idea de ser repetido sería aborrecible: “la única manera que alguien tiene para aplicar, en su contexto, alguna de las propuestas que hice es justamente rehaciéndome, es decir, no siguiéndome. Para seguirme lo fundamental es no seguirme”, afirmó en el libro Por una pedagogía de la pregunta (Freire y Faundez). No se le puede dar continuidad a Freire sin reinventarlo. Para esta tarea no designó a una persona o institución en particular. Esta tarea nos la dejó a todos, a todas y a todos los que están comprometidos con la causa de los oprimidos.


Autor
Moacir Gadotti
La Escuela y el Maestro
Paulo Freire y la pasión de enseñar


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