miércoles, 16 de abril de 2014

Herencias neoliberales…


El legado Neoliberal no se limita a recetas aplicadas a la economía, constituye un verdadero cimbronazo que afecta a todas las expresiones culturales, y entre ellas la Educación ¿Cuál es su visión de “Calidad Educativa”? ¿Qué efectos provocaron sus políticas?  ¿Qué se hace para revertir la tendencia?


Los años noventa han sido pródigos en los avances de los proyectos educativos que, bajo la orientación técnica del Banco Mundial –verdadero Ministerio de Colonias- avanzaron en procesos de reconfiguración de los sistemas educativos nacionales.

No tenemos mucho espacio para explayarnos, podemos enumerar sumariamente algunas de las definiciones de ese período:

Reconfiguración del Estado que deserta de sus responsabilidades como garante de derechos y pasa a asumir funciones de Evaluación en clave de “calidad educativa”, leída de modo tecnocrático.

Ampliación de atribuciones a la educación privada y precarización de las condiciones laborales de los trabajadores en general y los docentes en particular.

Concepción de “calidad educativa” como sinónimo de exámenes estandarizados de contenidos elaborados por expertos, traducidos a manuales por las empresas editoriales, que se esperaba sean impartidos por los docentes a los alumnos, para ser finalmente medidos por el Ministerio de Educación, que se dedicaba a promocionar los buenos rendimientos, estimulando por todos los medios posibles una pedagogía basada en la repetición, en la competencia y en la estigmatización.

Explotación del trabajo docente (no solo por los recortes salariales, sino por la intensificación, precarización, deterioro de las condiciones concretas de trabajo), y creciente enajenación (al convertir al docente en un mero aplicador del paquete pedagógico elaborado por la capa de tecno- expertos).

En el caso argentino, estos dispositivos de regulación y control, competencia, desfinanciamiento progresivo, apuntalaron un proceso de desguace del sistema educativo nacional, que ya venía sufriendo una fragmentación sostenida por las sucesivas medidas de descentralización educativa, concebidas a partir del golpe de 1955, y aplicadas sucesivamente en 1961, 1968, 1978, 1979 y 1991.
En suma, las políticas educativas desplegadas desde la última dictadura militar y profundizadas en los años noventa tuvieron un sesgo mercantilista, autoritario y tecnocrático.

Los efectos de este proyecto político educativo son de una gravedad inusitada: ha desarmado al Estado como instrumento para la igualdad pedagógica, ha difundido un sentido común que propicia el (pre)juicio de que toda educación privada es mejor que la pública y, en una victoria cultural aún más radical, ha logrado difundir como sentido común y lenguaje oficial, oficioso y verdadero, que toda la educación es pública, apenas diferenciada por la “gestión”.

Ha generado, además, una dinámica de exclusión que profundizó la desigualdad educativa, induciendo un sistema escolar fragmentado que, en los años noventa, reprodujo accesos diferenciales a propuestas educativas de gran desigualdad. La fragmentación en el acceso y en los tipos de educación impartida en la red institucional no ha sido sino la consagración de un modelo educativo incompatible con un proyecto democrático.

En los años esperanzadores que abrió el siglo XXI, los nuevos gobiernos han venido haciendo enormes esfuerzos para revertir el legado político-educativo y pedagógico que profundizó la injusticia educativa.

En el caso argentino, el Estado nacional dio pasos significativos en políticas públicas reparadoras en todos los planos. En educación -y como consecuencia de las políticas sociales- se ha mejorado sustancialmente el acceso a las instituciones escolares. La Asignación Universal por Hijo, la distribución de netbooks, pero además, un modelo de desarrollo orientado por principios de reconocimiento y efectivización de derechos, fueron la base de un piso más alto en la búsqueda de la democratización de la educación.

Queda, desde luego, mucho por hacer. Repasemos el escenario. En primer lugar, durante más de medio siglo se propició el desguace del sistema educativo, y bajo la coartada de la descentralización educativa lo que ocurrió -especialmente en el último cuarto del siglo XX- fue la multiplicación de la desigualdad entre las diversas jurisdicciones provinciales. Esta dispersión está intentando saldarse con las atribuciones que le da la Ley de Educación Nacional al Consejo Federal de Educación. Sin embargo, un repaso por las leyes provinciales -por caso, la legalización de la educación religiosa en Salta-, o la adecuación de la Nueva Escuela Secundaria y la particular lectura que hace de esta política la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, revela que es largo el trecho para lograr un efectivo gobierno nacional de la educación.

La oposición a las pruebas Pisa -exámenes estandarizados de OCDE- supone que no se acuerda con el concepto de “calidad educativa” descripto arriba. Sin embargo, la tarea pendiente es la construcción de un proyecto pedagógico alternativo. Este proyecto debe ser tributario del proyecto latinoamericanista y de las orientaciones nacionales, populares y democráticas que eligieron las mayorías sociales en Argentina. Claro, esta construcción no depende del Ministerio Nacional, a pesar de que debe jugar un papel protagónico. En este tiempo en que todo está en debate, el lanzamiento del Movimiento Pedagógico Latinoamericano interpela a los colectivos docentes y estudiantiles, a los Estados, a las organizaciones sociales y políticas, a los colectivos culturales. La Educación Emancipadora será una creación colectiva, una invención que reclama de los esfuerzos de todos los actores de la comunidad educativa y las comunidades territoriales.

No será, claro, obra exclusiva de especialistas, de funcionarios ministeriales, de docentes y sus organizaciones gremiales, de estudiantes y sus movimientos, de organizaciones populares. Será una construcción común de todos estos ámbitos, la que facilitará -en el marco de Nuestra América- la emergencia de una Pedagogía Emancipadora que acompañe el proceso político y social, cultural e histórico, institucional, organizativo y comunicacional que estamos atravesando millones de latinoamericanos y caribeños.




Autor
Pablo Imen
Investigador y docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”. Disertante en el Encuentro Córdoba “Hacia un Movimiento Pedagógico Latinoamericano”.
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