miércoles, 29 de abril de 2015

Dar continuidad y reinventar a Freire

¿Por qué seguir leyendo a Paulo Freire? ¿Qué sentido tiene la “Pedagogía del diálogo”? ¿Y la utopía? ¿En qué consiste luchar por el oprimido? ¿Por qué es acual el pensamiento de Freire?


—¿Por qué seguir leyendo a Paulo Freire?
— No hay duda de que a algunos les gustaría dejarlo atrás, en la historia de las ideas pedagógicas, y a otros les gustaría olvidarlo por causa de sus opciones políticas. A él no le interesaba agradar a todos. Pero había una unanimidad compartida por todos sus lectores y por todos los que lo conocieron de cerca: el respeto a la persona. Paulo siempre fue una persona cordial, generosa y muy respetuosa. Podía no estar de acuerdo con las ideas, pero respetaba a la persona, mostrando un elevado grado de civilización. Es más: su práctica del diálogo lo llevaba a respetar también el pensamiento de aquellos y aquellas que no concordaban con él.

La pedagogía del diálogo que pensó y practicó se fundamenta en una filosofía pluralista. El pluralismo no significa eclecticismo o posiciones “endulzadas”, como él acostumbraba decir. Significa tener un punto de vista y, a partir de él, dialogar con los demás. Es lo que mantenía la coherencia de su práctica y de su teoría. Paulo era, por encima de todo, un humanista. Actualmente sería la única forma de “clasificarlo”. No hay duda de que Paulo Freire fue un gran humanista.

Es necesario reiterar que la fuerza de la obra de Paulo Freire no está únicamente en su teoría del conocimiento, sino en haber insistido en la idea de que es posible, urgente y necesario cambiar el orden de las cosas. “En historia se hace lo que se puede y no lo que nos gustaría hacer. Una de las grandes tareas políticas que debe ser cumplida es la persecución constante de hacer que mañana sea posible lo que hoy es imposible, toda vez que, a veces, se hace posible viabilizar algunos imposibles de hoy” (Freire). Freire no sólo convenció a muchas personas en muchas partes del mundo con sus teorías y prácticas, sino que también despertaba en ellas la capacidad de soñar con una realidad más humana, menos fea y más justa. Como legado, nos dejó la utopía.

Estamos ante un educador que no se sometió a corrientes y tendencias pedagógicas, y que creó un pensamiento vivo orientado únicamente por el punto de vista del oprimido. Esa es la óptica básica de su obra, a la cual fue fiel toda su vida: la perspectiva del oprimido. Ese compromiso podemos encontrarlo en la dedicatoria de su libro más importante, Pedagogía del oprimido, escrito en Chile, en 1968: “A los harapientos del mundo y a los que en ellos se descubren y, descubriéndose, sufren con ellos, pero, sobre todo, luchan con ellos”.

La pregunta que hoy nos podemos hacer es la siguiente: ¿este punto de vista todavía es válido? Si no fuera válido, ya no habría razón para seguir leyendo a Paulo Freire. O mejor dicho, Paulo Freire sería un autor ya superado, porque su lucha por el oprimido ya habría sido superada. Pasaría a la historia como un gran educador, pero que ya no tendría nada más que decir en nuestro tiempo.

Por el contrario, su pedagogía continúa siendo válida no sólo porque aún hay opresión en el mundo, sino porque responde a necesidades fundamentales de la educación actual. La escuela y los sistemas educativos hoy en día se encuentran frente a nuevos y grandes desafíos, ante la generalización de la información en la sociedad, llamada por muchos “sociedad del conocimiento”, sociedad del aprendizaje. Las ciudades se están convirtiendo en educadoras y alumnas, multiplicando sus espacios de formación. La escuela, en este nuevo contexto de impregnación del conocimiento, ya no puede ser un espacio, entre otros, de formación. Tiene que ser un espacio organizador de los múltiples espacios de formación, ejerciendo una función más formativa y menos informativa. Tiene que convertirse en un “círculo de cultura”, como decía Paulo Freire, mucho más gestora del conocimiento social que instructora.

En este contexto, el pensamiento de Paulo Freire es más actual que nunca, pues en toda su obra insistió en las metodologías, en las formas de aprender y de enseñar, en los métodos de enseñanza e investigación, en las relaciones personales, en fin, en el diálogo.

Debemos continuar estudiando su obra, no para venerarlo como se veneraría a un tótem o a un santo, ni para seguirlo como a un gurú, sino para leerlo como a uno de los más grandes educadores críticos del siglo XX. Honrar a un autor es sobre todo estudiarlo y revisarlo de manera crítica, retomar sus temas, sus problemas, sus cuestionamientos.



Autor
Moacir Gadotti
La Escuela y el Maestro
Paulo Freire y la pasión de enseñar


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